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La Convención Nacional del Partido Popular, una vez acallado el ruido mediático del fin de semana, deja encima de la mesa varias cuestiones cuya verdadera dimensión sólo el tiempo marcará.
La primera es quizá evidente, pero no por ello se debe dejar pasar. La convención ha servido para marcar, más si cabe, la posición de cada cual. Por un lado, tenemos al PSOE sin modelo nacional, con la política antiterrorista enterrada y buscando obsesivamente las heridas del pasado. Por otro, el Partido Popular ha emergido con un claro modelo para España, manteniendo una exigente política antiterrorista y con un bagaje de ocho años de gobierno eficaz.
Dicho lo cual este cónclave político nos ha confirmado que el Partido Popular ha aguantado con dignidad la desolación producida por la derrota electoral del 14 de marzo. Los populares perdieron el poder de forma traumática después de los atentados del 11 de marzo y lo cierto es que dos años después mantienen con robustez el cuerpo electoral. Han evitado las crisis internas y han frenado las turbulencias históricas de la derecha en momentos de oposición.
Además, la convención ha servido para confirmar que José María Aznar ha encontrado su sitio en el Partido con su tarjeta de ex presidente. Quizá la señal más clara de que tiene su sitio es el aluvión de insultos y descalificaciones que hacia su persona se han podido escuchar durante el fin de semana. Lo cierto es que basta con recordar a Felipe González y sus desvaríos dos años después de abandonar el poder para confirmar, sin ninguna duda, que Aznar sabe pilotar una situación complicada.
Este fin de semana también nos deja a un Mariano Rajoy con un liderazgo más claro e indiscutido dentro del Partido Popular. La realidad es que Rajoy ha llevado, hasta este punto de la legislatura, a un PP consistente en líneas generales, aunque con algunos desgarros de importancia como el de Josep Piqué en Cataluña. En todo caso, el líder de los populares ha sabido hacer frente a algo muy complicado: el aislamiento al que los populares se sienten sometidos desde el Gobierno y sus socios. Un aislamiento que les quiere colocar con la etiqueta del radicalismo y del extremismo.
Estas son algunas de las cuestiones que la convención ha dejado en evidencia. Pero también el encuentro de Madrid ha confirmado que, ante las próximas elecciones generales, el Partido Popular, si quiere, puede. Ante un gobierno que, como el de Zapatero, se encuentra en una situación límite, el PP puede ganar las próximas elecciones, pero tiene que confiar en sus posibilidades de éxito.
En este sentido, es cierto que los populares han confirmado que tienen capacidad de innovación y de organización, pero todavía existe una considerable colección de dirigentes nacidos a la política en el coche oficial y que se refugian en las estrategias asépticas que nada tienen que ver con la política de verdad. Es entre esos dirigentes donde afloran los complejos, las desorientaciones y las actitudes que enturbian los objetivos de los populares.
Al final, el Partido Popular se enfrenta a un dilema que todavía no ha resuelto. ¿Política de moderación o política de principios? Lo que está claro es que para ganar unas elecciones generales hace falta un proyecto, y para un proyecto hacen falta principios. Pero si la prioridad es la moderación, los principios se evaporan. La pregunta, por tanto, tiene una sola respuesta: para ganar hay que mantener los principios, con todo lo que eso significa. Lo demás son atajos que llevan a ninguna parte.

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