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Columna publicada el 02-09-2006
Dice don Alfredo Pérez Rubalcaba que en nuestras costas no muere ningún inmigrante, sino que ya llegan muertecitos. Oiga, pues qué bien. Da gusto tratar con gente así, que hace todas sus cosas en casa, hasta morirse, antes de salir de visita. En realidad sí que ha fallecido alguno; "unos veinticinco" creyó recordar el ministro en el Parlamento, más de 260 en realidad. Pero no porque las patrulleras de la Armada tengan como prioridad supervisar los apasionantes ejercicios subacuáticos de la señora presidenta en aguas lanzaroteñas, sino por fastidiarle a don Alfredo las estadísticas, que entre la inmigración subsahariana también hay mucho facha.
En su relación detallada de éxitos en la materia, Rubalcaba resaltó el hecho de que más de cincuenta mil inmigrantes ilegales hayan sido devueltos a sus países de origen. Al parecer todos debemos alegrarnos de esta feliz circunstancia, como cuando las estadísticas sitúan a nuestro país a la cabeza en la detención de alijos de droga, y en lugar de escandalizarse por la magnitud de un tráfico ilegal que permite ese volumen de decomisos, los políticos se felicitan por ese constante incremento anual de capturas, por encima incluso de nuestro imponente IPC.
Pero lo más sustancioso de la comparecencia del ministro fue su tesis sobre los efectos electorales del problema migratorio. Según Rubalcaba, los países de origen mienten necesariamente sobre el volumen de las repatriaciones, porque si dijeran la verdad perderían las elecciones. El argumento es interesante, sobre todo si lo aplicamos al propio señor ministro, pues si, según él, los políticos no dicen la verdad sobre este asunto espinoso, no hay ninguna razón para creerle a él cuando habla al respecto. Hombre, todos sabemos que la izquierda es el epítome de la honestidad –catorce años de felipismo así lo atestiguan–, pero la naturaleza del político es tan voluble que hasta quienes se caracterizan por decir siempre la verdad, como Rubalcaba, podrían ser sospechosos de manipular alguna vez la información para obtener réditos electorales.
Lo único que queda claro en este asunto es que el gobierno no tiene ninguna responsabilidad en el origen del problema. Ni en éste ni en ninguno. ¿Los once muertos de Guadalajara? El viento. ¿Los incendios de Galicia? Los pirómanos, que andan alborotados (y el viento). ¿El helicóptero de Afganistán? No se lo va a creer: ¡el viento de nuevo! Y es que el clima es tan reaccionario que busca siempre la manera de fastidiar a los gobiernos de progreso. En otras palabras, Eolo = fascista.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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