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Columna publicada el 01-07-2005
Los libros autobiográficos, como es sabido, sirven principalmente para vengar agravios personales con más o menos fortuna literaria, y de paso ajustar cuentas con los enemigos que el autor ha ido acumulando a lo largo de su vida. Las recientes memorias de Rafaél Pérez Escolar, quien fuera letrado de Banesto durante décadas, devenido desde hace unos años la peor pesadilla de la familia Botín, son una lectura abrupta para quienes no estén interesados en el rutilante mundo de las altas finanzas, pero cumplen a la perfección esta función catártica que, de paso, nos permite conocer las jugosas anécdotas que definen a ese distinguido mundo, susceptible de sintetizarse en los bajos fondos de los altos fondos.
En el caso del presente libro, entre páginas y más páginas de prosa granítica preñada de datos financieros, el lector paciente encuentra de vez en cuando relatos de lo más jugoso. Como las vicisitudes de la intervención como letrado en el Caso Banesto de D. Cándido Conde-Pumpido Ferreiro, padre de nuestro ilustre Fiscal General del Estado, a quien Jacques Hachuel, uno de los acusados, harto de responder a preguntas absurdas que denotaban su escasa pericia técnica, dio en llamar “Pompidou” en medio de la hilaridad de la sala.
Pompidou, cuenta Pérez Escolar, había sido años antes de su nombramiento como magistrado del Tribunal supremo uno de los fiscales del pintoresco Tribunal de Orden Público, el temido TOP, un cargo especialmente sensible, para el que se requería un recio espíritu formado en los inmutables principios del glorioso movimiento nacional. En las tediosas sesiones vespertinas de la vista oral del caso Banesto, sigue contando D. Rafael, Pompidou dormitaba, plácidamente arrellanado entre los letrados representantes de UGT y CCOO, a cuyos históricos dirigentes probablemente ayudaría a entrullar en su día; magnífica imagen de reconciliación nacional, por otra parte, digna de ser tenida en cuenta en estos tiempos revisionistas que nos toca vivir.
Nuestro actual Fiscal General del Estado, con su celosa actitud de alerta frente a los vociferantes enemigos del gobierno, se convierte en dignísimo deudor del magisterio jurídico de su ilustre padre, lo que le honra como hijo, aunque esta muestra de admiración filial no colabore a lustrar precisamente el cargo que ahora desempeña. Existe además una diferencia sustancial entre los casos de ambos juristas, pues mientras las actuaciones del padre estaban respaldadas por una norma jurídica (inicua o no, esa es otra cuestión), Pompidou hijo ejercita su celo represor en un contexto democrático, en el que el derecho a protestar contra el gobierno, incluso de forma vociferante, se supone garantizado constitucionalmente.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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