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Columna publicada el 15-04-2005
Siendo Secretario General de la ONU, le preguntaron a Butros Ghali por el número de personas que trabajaban en el organismo; "aproximadamente la mitad" respondió el jefazo onusino en un rasgo de sinceridad inaudito. Sólo le faltó añadir que la mitad que trabaja, lo hace precisamente en sentido contrario al que cabría esperar de una organización llamada, según la propaganda, a acabar con los males del mundo, pues la corrupción masiva, el desfalco sistemático o la pedofilia como actividad lúdica de los cascos azules no son precisamente la mejor divisa para un empresa de esas pretensiones.
En este estado de cosas, Bush ha elegido para la embajada en la ONU a John Bolton, nombramiento que se suma al de Paul Wolfowitz en la dirección del Banco Mundial, con lo que el presidente norteamericano demuestra, por una parte que está dispuesto a cambiar de arriba abajo las instituciones más relevantes, para hacerlas partícipes —en lugar de enemigas, como hasta ahora— de su programa de política exterior y por otra, que le importa una higa lo que opine al respecto el statu quo dominante.
John Bolton es un veterano de la administración Bush, a quien sirvió en su primer mandato presidencial como Secretario de Estado para el Control de Armamento y las Organizaciones Internacionales —jamás un cargo público tuvo dos competencias tan estrechamente relacionadas— y últimamente como Vicesecretario de Estado para la Seguridad Internacional. Su trayectoria en ambas responsabilidades está jalonada de frases sublimes, —"el día más feliz de mi vida fue cuando informé a la ONU de que los EEUU retiraban su apoyo a la Corte Penal Internacional"— que justifican sobradamente el temor que su nombramiento ha despertado entre la progresía mundialista. "Si el edificio de la ONU perdiera ahora mismo diez plantas no se notaría la diferencia", dijo en otra ocasión el nuevo embajador en la casa, quien recuerda que "durante los años 60 y 70, una mayoría permanente de la Asamblea General de la ONU, antioccidental y antiamericana, se dedicó de forma entusiasta y constante a ensuciar los valores de la nación".
Pero ni Bolton ni Wolfowitz pretenden acabar con los organismos para los que han sido nombrados. A juicio del primero, la ONU es necesaria siempre que esté dedicada a tareas elementales y concretas de carácter humanitario o pacificador en cumplimiento estricto de su mandato original. Para ello, es prioritario despojar al actual sistema de la ganga ideológica característica de las utopías finiseculares, que tienen al pacifismo, el tercermundismo, el ecologismo o el igualitarismo como base principal de su acción política. En definitiva, las Naciones Unidas, según Bolton, "no son un instrumento teológico llamado a esclarecer teorías académicas o modelos abstractos, sino tan sólo una herramienta, una opción entre muchas y, ciertamente, no la más importante".
En realidad, como ha destacado algún especialista, "los multilateralistas alrededor del globo deberían estar encantados con las elecciones de Bolton y Wolfowitz, pues estos hombres no van a poner el peligro la ONU o el Banco Mundial. El futuro de esos dos organismos ya está en peligro. En cambio, los nuevos candidatos pueden convertirse en la salvación de las instituciones, pues son lo bastante firmes como para llevar a cabo cambios radicales cuando estos son necesarios".
Además, añadimos nosotros, otra ventaja importante es que a ninguno de los dos le afecta la impopularidad. Especialmente a Bolton, quien abiertamente afirma algo tan elemental como que las aportaciones económicas de los países a la ONU han de ser estrictamente de carácter voluntario, lo que no es precisamente la mejor forma de ganarse el aplauso de la plutocracia actualmente al mando del negocio. Será interesante comprobar, entre otras cosas, cómo reacciona aquella otra mitad a la que se refería el anterior Secretario General, cuando tengan entre ellos a este peligroso miembro de la vasta conspiración neoconservadora.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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