
Pedro Sánchez ha hecho balance del curso político y, qué quieren que les diga, la cosa ha salido muy bien. En realidad, ha sido un año memorable en el que los éxitos de la economía y la solidez del proyecto político socialista han conquistado nuevas cotas de bienestar para todos los españoles, que pueden estar orgullosos de un Gobierno que funciona como una maquinaria bien engrasada. Con Aznar, España iba bien. Con Sánchez va de cojones, porque al éxito económico se une la limpieza de un proyecto regenerador que mejora nuestra democracia a un ritmo nunca visto.
Sánchez nos somete durante sus intervenciones a una especie de cámara oculta en la que suspendemos nuestra capacidad de asombro y asistimos al espectáculo con creciente incredulidad. "No puede ser que esté diciendo esto", pensamos cada pocos minutos, pero lo cierto es que sí lo está diciendo y, además, con plena convicción, de manera que cuanto más gorda es la mentira más dudamos si acaso no podría ser verdad.
El presidente del Gobierno tiene al hermano condenado y a la mujer a punto de sentarse en el banquillo de los acusados, en ambos casos por usar su posición familiar en beneficio propio. El faro moral de Sánchez está a esto de seguir el mismo camino, aunque por delitos mucho más graves que, si se reflejan en la sentencia a que haya lugar, implicarán su empadronamiento inmediato en la bella localidad de Soto del Real. Pero esas cosas no afectan a Sánchez, que tranquiliza a los españoles haciendo honor a su probada credibilidad.
En este curso político no ha presentado los presupuestos al Parlamento. Tampoco lo hizo en los años anteriores, por lo que, en ese aspecto, hay que reconocer que el Gobierno continúa en una senda de gran estabilidad. No sabe si los presentará a finales de este año. Usted y yo sí lo sabemos: no los presentará. Pero eso no le va impedir agotar la legislatura hasta la hez y presentarse a las elecciones generales como el campeón que espera la izquierda española, como última tabla de salvación para que no gobierne la derecha.
A cambio del petardazo de los presupuestos, Sánchez ofrece un pacto contra la emergencia climática aprovechando la ola de incendios que está arrasando parte del país. Un trágala para que Feijóo y Abascal queden como los grandes enemigos de la humanidad que son, sin convocar una reunión ni hablar con ellos a este respecto, porque de lo que se trata no es de afrontar un problema real, sino de expulsar definitivamente de la democracia a los que no opinan como él.
Sánchez tiene una gran opinión de sí mismo, algo que ya sabíamos, y una voluntad de permanencia en el poder cada vez más explícita. En su comparecencia de este lunes, el presidente dijo en varias ocasiones que espera que la oposición respete los resultados de las próximas elecciones generales, una frase que resulta especialmente amenazante viniendo de él. El tipo está tramando algo y no lo vamos a saber hasta que sea demasiado tarde. A riesgo de resultar impertinentes, habría que pedir a Feijóo que se tome muy en serio esta amenaza nada velada del sanchismo. No es un delirio de conspiranoicos, es instinto de supervivencia nada más.