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La caló

Dicen que los niños, los locos y los borrachos –in vino veritas– son los únicos que se atreven a decir la verdad. Dudo de los niños, bajitos y peligrosos. Los locos, por definición, no distinguen lo real. Y los borrachos, bueno, depende de la dosis y del ego. Pero falta una categoría: los golpeados por la caló, que, como todo el mundo sabe, es algo diferente al calor y a los calores. La caló es una manta espesa de aire hirviendo que se cierne sobre el cuerpo y va asfixiándolo suave y crecientemente. Es por eso por lo que el afectado por la caló está en la verdad. Porque no le riega la azotea. La caló es como un suero sólo que en forma de pomada aérea que invita a la verdad no por virtud, sino por ausencia absoluta de voluntad. 

Y así estamos ahora en esta Andalucía nuestra, apisonados por la caló como esos rulos gigantes apisonan el asfalto casi líquido que gime en las carreteras. Entonces, cuando se produce la conjunción de la caló y la soledad, sobreviene la verdad. La personal, que es la única que importa aunque reconozcamos el valor y la trascendencia de las verdades matemáticas, físicas, químicas y biológicas. Cerremos aquí una relación que podría ser larga y que resume en verdades que tienen repercusión técnica, que manifiestan su fecundidad en las consecuencias sobre la realidad. Ah, y luego está el pudor, así que velemos la intimidad y hablemos en tercera persona. 

La caló se cuela por las venas y llega al corazón mismo de la cabeza. Y entonces le sobrevino la verdad. Casi sesenta años deambulando por el mundo, sobreviviendo siempre de malos sueldos, a veces poco mejores, sin prosperar nunca, como si el dinero se encontrara siempre en el lugar moralmente más distante, sin patrimonio, ni herencias, pobres padres pobres... Sin poder, sin capacidad de realizar los deseos por falta de medios, por incapacidad ética de someter a otros para alcanzar los propios fines, sin el egoísmo suficiente como para convertirse en el centro del universo como un Gauguin, sin la egolatría precisa para enloquecer por arte, por política, por ciencia, por religión, por amor... 

Y durante treinta, cuarenta años jugando a ser apóstol de no se sabe qué religión o secta, sin Dios, sin pureza suficiente como para esperar, como para creer, como para confiar ciegamente en algo... Durante toda la vida predicando la verdad, la honestidad, la honradez, la belleza, la necesidad de disponer de una sociedad digna de ese nombre donde no se robe, no se mienta, no se maljuzgue, no se expropie ni se explote ni se oprima, donde la libertad conduzca a la mayor justicia posible y no al revés, que ya aprendimos la lección de que por la igualdad no se puede llegar a la libertad y, a veces o casi siempre, se acaba con ella. 

Es la caló la que le clava a uno el puñal definitivo. ¿Y tú de quién eres? ¿De qué coño te crees que estás hecho? ¿No te han mostrado nunca cómo es esa soberbia tuya, densa como una sangre y ponzoñosa como un veneno? ¿Por qué puñetas te crees con derecho a salvar a nadie de eso que tú percibes que es el infierno de los otros? Bla,bla, bla. ¿Nunca mientes? ¿Nunca robaste, ni una idea ni un chiste ni una lágrima? ¿Nunca pre-juzgaste sin oír al acusado? ¿Nunca manchaste ningún nombre ni arruinaste ninguna familia? 

Sí, están los amigos. Unos se enriquecieron con el sistema del 82 en nombre del socialismo. No un millón, no dos, miles. Otros, los de siempre, los que nunca fueron ni serán como nosotros, ricos de cuna, ricos de apellido, te aplauden cuando arriesgas pero desprecian tu persona y temen que avances más allá y los descubras contando el dinero... de los otros. Algunos, los políticos, que nunca te han amado, sólo quieren tenerte controlado, vía económica, vía de medios, vía de contactos... "No, a Fulano, hay que dejarlo, pero no debe enterarse ni de esto ni de esto otro, ni debe conocer esto ni esto, ni asistir a tal reunión...". Ya se sabe. Tiene peligro. 

Y entonces, ¿qué hace uno aquí, arriesgando la cabeza, la cartera y la familia, limpiando de telarañas un patio que no es particular sino que se parece mucho a aquellos otros patios de la historia de España y del mundo, en otros momentos: corrupción, mentiras, opresiones, dinero, tal vez asesinatos físicos o civiles –de esto hay mucho no contado–,listas negras, exterminios morales, inducciones a la locura, al suicidio... ¿Qué hace uno en estas verdades con caló? Ni siquiera se sabe. Arrastrado por las gotas espesas de la caló uno rueda con la vida sin saberse, sin conocerse, sin poderse ayudar... Por la pendiente del tiempo hacia la muerte, el ser para la muerte del viejo filósofo medio nazi o cobardón, en su senda perdida, incapaz de decir basta y comenzar de cero, un modesto retorno, no el eterno, para hacer... ¿qué? ¿Qué debe hacerse que quiera, sepa y pueda hacerse? 

PP, PSOE, España, libertades, gobiernos, pícaros, derechonas, siniestrones, satrapías, ladronas, furcias, cerdos, malvados... gotas de caldo grueso que apenas significan nada bajo la caló. Sí, sí, claro, a veces buena gente, que no es lo mismo que gente buena, sino gente que no ha tenido la oportunidad de pervertirse, que no ha tenido nunca la ocasión de un crimen, de un expolio, de una injusticia... La verdad de la caló. Para revivir hay que ilusionarse y nada de lo dicho contiene la más mínima ilusión. Cuando no hay ilusión, es mejor disponer de una tela de araña, un seguro, una guarida donde defenderse del depredador. Pero ni eso. En campo abierto, a pecho descubierto. Ah, Dios, qué tarde de caló tuviste que sufrir para hacer de la nada a este tonto del bote que tiene todas las papeletas para ser carne de cañón, no importa el bando. Qué buen vasallo si oviesse...

Qué caló... De cojones.
 
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