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Corrupción

La dimisión de Chaves

En un acto de grandeza política sin precedentes conocidos en la democracia española, Manuel Chaves dimitió ayer. Ocurrió en La Moncloa, en una rueda de prensa improvisada tras sostener un encuentro con el presidente del Gobierno. Digno, hierático y, por vez primera, sin cometer ni siquiera un error en su breve, pero impresionante discurso, Chaves dijo adiós a la política reconociendo que su paso por ella no había sido el más ejemplar y admitiendo errores morales de fondo, algo impensable en un partido como el socialista. Enfundado en un traje gris marengo, con corbata azul oscura sobre una camisa azul celeste, Chaves ha dado una lección de que la palabra arrepentimiento sí figura en el vocabulario ideológico del PSOE.

Primero, reconoció que, a pesar de ser un sindicalista veterano –siempre tuvo algún cargo en la UGT–, la presión de su amigo, Felipe González y su inseguridad personal le condujeron a disponer medidas que no sólo no mejoraron la situación de los trabajadores sino que la empeoraron, sobre todo a los jóvenes, a quienes sumió en contratos basura que los condenaban a la arbitrariedad y la felonía. No sólo por eso, sino que también por eso, sus queridos sindicatos le organizaron la huelga general más grande jamás contada de la democracia. Fue el 14-D de 1988, fecha que le persigue en sus pesadillas más oscuras, como la que le impedía conciliar el sueño soñando que no aprobaba cuarto de Derecho.

Segundo, consideró equivocado el camino de resolver su enfrentamiento con los sindicatos. Ya se sabe que cuando acabó la huelga general, el Gobierno comenzó a conceder a las oligarquías sindicales lo que inicialmente fueron unos chiringuitos de poder y dinero y que ahora se han convertido en gigantescas corporaciones cuyo volumen de ingresos vía subvenciones estatales superan las ventas de muchas grandes, medias y pequeñas empresas. Reconoció que, en Andalucía, desde que fue designado presidente por su amigo Felipe en 1990, se juró asimismo no volver a sufrir una huelga general en su vida y lo consiguió mediante órdenes de subvención por centenares de miles de millones de pesetas desde su nombramiento –sólo de 2004 a 2008, les inyectó cerca de 45.000 millones de pesetas–, estableciendo una relación de dependencia mutua. Tales vínculos hicieron que los sindicatos implantasen unas estructuras de edificios, servicios, negocios y personal al margen de sus ingresos afiliatorios haciendo imposible, pues, su acción sindical clásica.

Tercero, admitió que no pagó, ni él ni ninguno de los demás 31 cargos socialistas de Cádiz el préstamo que pidieron a la Caja de Ahorros de Jerez en la década de los 80 para ayudar a construir la sede del PSOE de Cádiz. Admitió que sabía que la dirección de la Caja, en la que había muchos filosocialistas y amantes del poder, había ordenado la destrucción informática del préstamo de modo que nadie supiera jamás que el préstamo había sido, llanamente, hecho desaparecer de la contabilidad de la Caja. Reconoció además que no haber consentido una Comisión de Investigación por este asunto había sido un error democrático, una degeneración de las formas esenciales en los regímenes de libertad donde la oposición debe poder controlar al Gobierno.

Cuarto, asumió que su familia es su punto flaco y que consintió todos los amiguismos que su hermano Leonardo tejió en la Diputación de Sevilla donde él mismo lo había colocado. Posteriormente, cuando las costumbres de su hermano llegaron a la Junta de Andalucía, miró para otro lado cuando dos de sus hermanos, Antonio y Leonardo, el primero desde una empresa y el segundo desde una Dirección General de la Junta, le ayudaban mediante el mecanismo de "yo desde la empresa pido la subvención" y "tú me la concedes desde la dirección general". Tampoco supo negarse cuando le pidieron ayuda sus hermanos, Carlos, Francisco Javier... En fin. Les buscó un hueco en la Junta y en la RTVA respectivamente. Otro error, dijo, debido quizá a la locura política y moral que suponen las mayorías absolutas continuadas y al, informó por primera vez, cierto maquiavelismo desarrollado en el PSOE de Suresnes desde su salida a la palestra.

Quinto, expuso cómo había aceptado que la empresa donde trabajaba su hija de apoderada de "poderes bastantes" que conocía con toda precisión como es lógico en un padre, se llevase 10 millones de subvención y que careció de la suficiente sensibilidad para comprender que él no debió estar personado en todos los actos del proceso destinado a dicha concesión por ser manifiestamente incompatible.

Sexto y último, reconoció que su gestión política global había creado más problemas de los que pudo resolver. Andalucía seguía sin salir de un hoyo histórico del que siempre culpó a Franco y la derecha, pero que tras 30 años de gobierno socialista, el hoyo seguía básicamente donde estaba a pesar de haber dispuesto de casi 360.000 millones de euros –unos 60 billones de pesetas–, desde que fue nombrado presidente de la Junta. El fracaso de su política, reconoció, es el fracaso de un partido que prefirió crear clientes a crear empresas, que prefirió la dependencia a la libertad y la autonomía de los ciudadanos, que extendió la corrupción hasta los más pequeños rincones sociales, que incumplió casi siempre las reglas de juego y que pervirtió el concepto de mayoría aplicándolo por imposición sobre materias y escenarios en los que el consenso hubiera sido deseable.

Tras esta breve alocución sin perturbaciones oratorias y en un tono solemne como correspondía a la ocasión, Manuel Chaves, emocionado sin ostentación y sinceramente arrepentido –o así lo pareció–, pidió perdón a los ciudadanos por su comportamiento y presentó la dimisión de todos sus cargos, tanto en el gobierno como en el partido, anunciado su retirada definitiva a la vida privada. Inesperado para casi todo el mundo, hasta los más críticos de los periodistas comenzaron a aplaudir.

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