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Uno de los lugares comunes más extendidos sobre esta España descoyuntada que nos ha tocado padecer es el que quiere vincular al movimiento catalanista con la burguesía doméstica. Y sin embargo, nada más falso. Ese prejuicio, esa fe ciega en un tópico secular, la presunción de que CiU constituiría la genuina encarnación política de los fogoneros de la vieja locomotora industrial de España, es lo que condena a los conservadores hispanos a no entender las claves de la política catalana. Así, cuando el Juan Costa de turno se tropieza con el Artur Mas de guardia cree tener delante a su alter ego, un clon perfecto que apenas se distinguiría del molde original por perorar en lemosín. Craso error. Pues justamente ése es el gran drama de la derecha española: que por mucho que se le explique, deviene incapaz de adivinar la verdadera naturaleza de lo que se cuece en la Barcelona bienpensante desde hace justo un siglo.
De ahí que, al modo de lo que ocurría en las puertas del infierno de Dante, a esos consejeros áulicos de Rajoy que siguen fantaseando con gobernar con Conveniencia alguien debería susurrarles al oído: "Perded toda esperanza". Porque Conveniencia no va a pactar con el PP, bajo ningún concepto, jamás de los jamases. Y no lo hará precisamente porque CiU encarna, hoy más que nunca, la verdadera esencia del catalanismo político. La esencia de un magma social de raíz menestral e interclasista que, desde sus orígenes, incorpora rasgos más próximos a un movimiento indigenista que a cualquier otra cosa. Un indigenismo por lo demás muy cuco, como diría el maestro Pla. Tanto que hasta ha logrado imponer su propio relato histórico a esos pardillos de Madrid.
Y es que la tropa de Génova aún tiene metido en la cabeza que el germen del catalanismo "moderado" nació de una respuesta razonable a los desequilibrios estructurales de la primera industrialización de España. Esforzados fabricantes de Sabadell, aranceles, proteccionismo y modernización frente a librecambio, rentistas con chistera y funcionarios ociosos comiendo bocadillos de calamares en la Puerta del Sol. Parece mentira, pero a estas alturas del partido todavía siguen confundiendo al orate de Prat de la Riba con el protagonista de La saga de los Rius.
He ahí la razón última de que nunca entiendan nada. Ni esa obsesión paranoica por expulsar a la lengua castellana de la vida civil por parte de unos señores que, en apariencia, saben defenderse con la paleta del pescado. Ni su pedagogía del odio visceral hacia todo lo que aún nos una con el resto de España. Ni que, postulando un programa socio-económico más o menos similar al del Partido Popular, siempre duden entre acudir al notario o al juzgado de guardia cuando se les insinúa la mera posibilidad de sumar fuerzas. Ni su fijación única, exclusiva y excluyente por recuperar el virreinato vitalicio en la Ínsula Barataria. El pobre Juan Costa no consigue verlo, pero lo que tiene delante no es su escuálida silueta reflejada en un espejo, sino Evo Morales con una barretina calada hasta las cejas.
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