
Más de 8 siglos lleva la orgullosa Torre Inclinada de la Toscana italiana desafiando la gravedad y siendo objeto de la curiosidad de todo el que por allí pasa, hasta convertirse en uno de los monumentos más conocidos del mundo por el mero hecho de su peculiar desvío hasta el punto de que millones de turistas, entre los que me incluyo, hemos hecho el gaznápiro sacándonos fotos absurdas en perspectivas de las que nos creemos de lo más original. Así que no, en absoluto me preocupa la pervivencia de semejante campanario que, por otra parte, empezó su declive prácticamente desde el mismo momento de su construcción allá por 1173, en un suelo demasiado blando que no podía soportar adecuadamente el peso de la estructura.
Mucho más me preocupa otra estructura, grandiosa hasta hacerse imprescindible para la pervivencia de nuestra sociedad, pero que me temo que también hemos construido en un terreno movedizo e incapaz de sostenerla: la Educación. Así, con mayúsculas. El sistema de enseñanza que debe servir de sustento y motor de una civilización digna de llamarse como tal.
No sé a qué genio se le ocurrió la feliz idea de bautizar con el nombre de PISA (Programme for International Student Assessment) el programa de evaluación que cada 3 años desde que comenzó el presente siglo trata de medir las competencias -no la memoria- que deja en la capacidad de alumnos de todos los países de la OCDE los distintos sistemas educativos, y más concretamente en tres áreas imprescindibles: comprensión lectora, competencia matemática y competencia científica. El caso es que, quizá lo hizo con buen ojo, puesto que parece que a cada nueva evaluación nuestro sistema se inclina un poco más, dispuesto a desmoronarse por completo.
Las conclusiones, no por esperadas, no pueden ser más descorazonadoras. Y España -oh, sorpresa- obtiene en esta edición, publicada esta misma semana, los peores resultados de su historia. Cierto que se trata de un descalabro global y no solo en España, pero "mal de mucho, consuelo de tontos", y se constata que, lejos de saber aprovecharlo adecuadamente, el uso y abuso de las nuevas tecnologías no ayuda a mejorar el rendimiento académico, sino que "idiotiza" a los alumnos, agranda las diferencias entre los que más y menos saben (y por tanto, vamos a una sociedad de mayor desigualdad entre los que más y menos tendrán), y certifica el fracaso absoluto de la última reforma educativa, impuesta más que implantada, sin consenso y con afán más de adoctrinamiento que de formación.
¿Saben ustedes que este país ha tenido hasta 8 Leyes Orgánicas de Educación en la etapa democrática, si cuentas desde 1980? Es decir, más sistemas educativos que presidentes del Gobierno. No hay manera de encontrar alumnos que hayan comenzado y terminado sus estudios con el mismo sistema de enseñanza. Es asombroso y absolutamente revelador de la incapacidad perniciosa de llegar a grandes consensos en el tema más vital que tiene una sociedad para prever su futuro. Y así no hay manera.
¿Y cuál ha sido la primera reacción de las dos principales fuerzas políticas al conocer tan horrendo retrato? Sencillo: echarse la culpa mutuamente: el PSOE, que lleva ya 8 años gobernando (quién lo diría) y ha convertido a Sánchez ya en el segundo presidente de la Democracia con más tiempo sentado en La Moncloa y autor de la última e infumable reforma (la LOMLOE o Ley Celaá, en honor de su ministra que hoy goza de un merecido y bien remunerado descanso en la Embajada ante el Vaticano), afirma que el fracaso se debe a que la mayoría de las Comunidades Autónomas -que son las que ejecutan las competencias en materia educativa- están gobernadas por el malvado PP, que no quieren aceptar y adaptar el sistema y siempre están dispuestos a sembrar la ignorancia entre los niños. El PP señala lo obvio: que si el sistema ha fracasado en todas las Comunidades, independientemente de quién las gobierne, lo erróneo es el propio sistema, con una Ley que no solo no consigue avanzar, sino que retrocede de forma alarmante. La una por la otra, y la casa sin barrer… pero ha bastado apenas una semana desde el informe PISA, a la velocidad en que consumimos vertiginosa actualidad en los tiempos que corren (invasiones, incendios, corrupción, eclipses y áticos, solo en el último mes), que ya se han olvidado y descansa lo que podríamos aprender de esta evaluación en esa hermosa hoguera de las vanidades que, entre todos, hemos convertido nuestra política.
¿Y en Canarias? Pues eso: a mal de muchos… nos conformamos con poco. Empeoramos menos que la mayoría, y salimos del furgón de cola, es verdad. Pero no porque mejoremos nosotros, sino porque el resto lo hace aún peor. La gran alerta es, una vez más, la lectura: se lee poco, y se comprende aún menos. Y, por cierto, conviene recordar para aquellos que quieren echarle la culpa siempre de todo a la Enseñanza Concertada, que más del 80% del alumnado está en la pública, lo que supone la segunda tasa más alta tras Melilla.
Verdaderamente me asombra el poco interés y repercusión que ha tenido este informe PISA. Una vez más, lo urgente se come lo importante, porque no se me ocurre nada más importante que garantizar y salvaguardar la capacidad humana para formarse, desde todos los puntos de vista. Pero estamos a otra cosa: estamos a echarnos culpas y barro a los ojos, estamos a inculcar el miedo a la inteligencia artificial sin fomentar la inteligencia natural, estamos a adoctrinar a futuras generaciones para garantizar la supervivencia política antes de a formar espíritus críticos e inquietos que cuestionen verdades que el poder cree inmutables, estamos a intentar mejorar la capacitación tecnológica pero a costa de la creatividad y la filosofía, estamos a la comodidad de la mayoría en lugar de a fomentar la cultura del esfuerzo que premie y valore a quien hace avanzar la sociedad.
Y así, no se puede. Así, no aguantamos. Así, la torre caerá. ¿O es intencionado?