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La magdalena gigante

No damos abasto con la nostalgia: primero Miliki y luego José Luis Borau, Larry Hagman, Tony Leblanc y, por último, Juan Carlos Calderón.

Rosa Belmonte
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Simone Signoret dejó escrito en sus memorias que la nostalgia ya no es lo que era. Pero sí lo es. Y cualquier tiempo pasado fue anterior, por seguir a Les Luthiers. Llevamos unos días en que no damos abasto con la nostalgia. Primero, Miliki; luego, José Luis Borau (es que una se acuerda mucho de Lola Gaos matando un perro a palos). Más tarde fue Larry Hagman (del Cabo de Gata, al de Finisterre, hay que ver la gente cómo estaba con JR). Y de pronto, se murió el gran Tony Leblanc. El penúltimo, porque con esta racha nunca se sabe, ha sido Juan Carlos Calderón. Cuando murió Antonio Vega, tal y como lo elogiaban en su calidad de compositor, que parecía que hubiera muerto Mozart, me pregunté qué iba a decir la gente cuando desaparecieran Manuel Alejandro o Juan Carlos Calderón. Este ya ha caído. La fiesta terminó, que cantaría Paloma San Basilio. Pero Juan Carlos Calderón, nacido en Santander en 1938, era uno de esos seres que parecía inmortal. Hasta hace bien poco se le podía ver en los alrededores de su casa de Madrid, por Las Matas, corriendo sin camiseta. Todo moreno. Y algo así en un señor de 70 años llamaba la atención. Ha contado Amaya Uranga tras su muerte que cuando se puso malo no quería que lo vieran: "Era un esteta en todos los sentidos". Eso además de ser nuestro Burt Bacharach.

Iba para ‘jazzman’ pero acabó como arreglista y autor de algunas de las mejores canciones ligeras de la España del siglo XX (tiene que pelearse con Manuel Alejandro). Los arreglos del La, la, la y la autoría de Eres tú son algunos de sus más relevantes méritos. También era suya Tú volverás, que interpretaron Sergio y Estíbaliz unos años después en el mismo festival de Eurovisión. Asimismo compuso Amor de medianoche (para Cecilia). También hizo para Mocedades Tómame o déjame y La otra España. El chute de nostalgia que nos estamos dando no llega a Nacida para amar, que Nina cantó en el Festival. Y las canciones para Luis Miguel quizá son demasiado recientes.

A Lou Reed no le gusta la nostalgia a menos que sea suya. Pero es que toda la que provoca una canción de Miliki, una escena de Tony Leblanc, una de Furtivos o Mocedades cantando La otra España es nuestra. Es como si estos días hubieran montado una magdalena gigante al modo de las paellas gigantes. Y todos ahí, mojándola en té. Es el poder de evocación que nos han servido tantas muertes. Dice Amaya Uranga que sin Juan Carlos Calderón ("un genio") probablemente no existiría Mocedades. Quizá tampoco El Consorcio. Pero viendo a los miembros de este no hay nostalgia que valga. Es que si lo antiguo va acompañado de lo viejo, y no dejamos de oírlo, no es posible la añoranza. El grupo formado por Amaya, Estíbaliz e Iñaki Uranga, Sergio Blanco y Carlos Zubiaga cada vez se parece más a Triana Pura. Ahora están con rancheras pero cualquier día de estos cantan El probe Miguel.

Solo le faltaba a la estupenda Amaya (eso sí es La voz, y no la de Telecinco) la alcantarilla del Bilbao que le rompió una pierna. Normalmente va con una muleta pero ha llegado a actuar en una silla de ruedas, casi como Mamá cumple cien años, aunque solo tenga 65. Además, un día decidió dejarse las canas. Impresiona verlos de cerca. Pero, como decía Maurice Chevalier, hacerse viejo no parece tan malo cuando uno se para a pensar en la otra alternativa. En la de suministrar nostalgia por cese definitivo del negocio.

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