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'Black Mirror' no nos asusta

Qué razón tenía Thomas Jefferson cuando prefería los sueños del futuro a la historia del pasado. Y eso que no era de aquí.

Rosa Belmonte
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Black Mirror, cuya segunda temporada se estrenó ayer en España (en TNT), juega con el miedo a un inquietante futuro lleno de gadgets. Y no, el cerdo con el que el primer ministro tenía que intimar en la primera temporada no es un gadget (igual que una secretaria no es un juguete). La serie del provocador Charlie Brooker atrapa al espectador en la tradición de la mejor ciencia ficción. La de las viejas películas de serie B, la de En los límites de la realidad o la de Tales of the Unexpected, basada en relatos del gran Roald Dahl. Viendo Black Mirror, una se asusta por la influencia de las redes sociales en la opinión pública, por un mundo donde el cuelgue de la tecnología lleva al borreguismo y, claro, por el inquietante "¿qué pasaría si...? Y desde luego que Brooker no ha inventado nada pero ha puesto un lazo a Black Mirror que la hace diferente. En Divertirse hasta morir, Neil Postman recordaba que es Aldous Huxley y no George Orwell el que tenía razón. Llegó 1984 y de la pesadilla orwelliana no se tenía noticia (para el programa de televisión, para Aída Nízar, todavía faltaban años). Había que echar mano de la anterior Un mundo feliz. "En la visión de Huxley no se necesitaba un Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, de su madurez y de su historia. Según él lo percibió, la gente llegará a amar su opresión y a adorar las tecnologías que anulen su capacidad de pensar", escribe Postman. Y ahí estamos.

En Todo lo que era sólido, Antonio Muñoz Molina da un sermón de antología. Pero aun percibiendo que el ensayo es una soflama (a veces dan ganas de decirle, como en la taberna de Amanece que no es poco, lo de "me cago en todos tus muertos, qué paliza me estás dando"), aun siendo una soflama, digo, hay que ver la razón que tiene. La descripción y análisis de la España que ha dado lugar al disparate de ahora debería sacar los colores a muchos. Además lo hace desde dentro, con ejemplos de cuando era funcionario del ayuntamiento de Granada o director del Instituto Cervantes de Nueva York. Y también desde fuera. A su posición de intelectual barbudo, añade vivir en Nueva York parte del año, lo que le da otra perspectiva de lo español. Las faltas de control en el gasto público, la resurrección y absurda ampliación de fiestas municipales, el simulacro de la Expo, el despilfarro de las Comunidades Autónomas dentro y fuera de España, la complicidad del periodismo con la política, el espejismo del país rico, la autocomplacencia de todos, el examen de conciencia, el ¿cómo no lo vimos?, la prosperidad ficticia... Hasta propone soluciones bienintencionadas.

Muñoz Molina da un repaso a ese pasado de sainete y falsos nuevos ricos que ha provocado el desastre actual. Aaron Sorkin, con su idealismo, tira de noticias viejas en The Newsroom, pero ahí es todo muy bonito (aunque lo irreal de ese periodismo Disney ponga de los nervios a muchos). Como Sorkin, Muñoz Molina también mira al pasado, sabiendo lo que ahora sabe pero yendo a las causas y exponiendo la carcoma. El pasado más reciente de España es para echar a correr (Nueva York está bien). Con semejante percal, con ese pasado tan cutrelux, a los españoles el futuro de Black Mirror no nos asusta. Como mucho, tememos no poder pagar el adsl. Qué razón tenía Thomas Jefferson cuando prefería los sueños del futuro a la historia del pasado. Y eso que no era de aquí.

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