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Nuestra Reina (aunque no lo sea)

En la tele, se ve a la realeza con mucha relajación. Sobre todo a la ajena.

Rosa Belmonte
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Con las familias reales pasa como con las familias normales: uno se aguanta con la que le toca. Con los programas de televisión que se hacen sobre las familias reales se puede elegir. Con los de ficción y con los otros (sean lo que sean). El domingo, la ITV británica, la cadena que emite Downton Abbey, estrenó Our Queen (Nuestra Reina), un documental producido y dirigido por Michael Waldman que ha seguido a Isabel de Inglaterra durante el año de su Jubileo de diamante. Dos horas de actos oficiales pomposos, de visitas, de compras en Fortnum & Mason o de encuentros en Balmoral con Cameron, así como de entrevistas con personas que no eran la propia Reina. Uno de los mayores atractivos de La Reina, la película de Stephen Frears protagonizada por Helen Mirren, era esa especie de ‘voyeurismo’ que nos permitía meter las narices, aunque fuese de mentirijillas, en la intimidad de los Windsor. Algo así pasaba con 23-F: El día más difícil del Rey, probablemente la ficción más lograda (aunque solo fuera por Emilio Gutiérrez Caba) sobre los nuestros. De Felipe y Letizia, mejor no hablamos. Pero sí podemos recordar esa entrevista de Hermida al Rey para TVE, esa conversación sin sustancia donde Hermida parecía José Luis López Vázquez en Atraco a las tres cuando llega Katia Loritz al banco ("Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo"). Audiencia abierta, el programa de La 2, tampoco ha cubierto expectativa alguna.

Pese a la presunta campechanía (esa ridícula expresión con tantas capas de pintura como glamour), no tenemos un documental del tipo de Our Queen. Ni tampoco uno como el anterior A Year with the Queen (2007), de la BBC. Pero bueno, para qué nos vamos a lamentar. Tenemos a la prima Lilibeth, como diría Peñafiel. El director de Our Queen, en todo un año acompañando a la Reina, se sorprendió de que no dijera a nadie ni hola ni adiós. Es muy práctica (demasiada gente a la que saludar). También le sorprendió, y eso se puede ver en el documental, la decoración de Balmoral. El radiador en la chimenea que se observa en una reunión con Cameron. O ese cojín rojo en el que se lee "Mola ser reina".

David Cameron no va al psiquiatra, va a ver a la Reina. Asegura que sus reuniones semanales son "terapéuticas". "Cuando debes explicar un problema del Gobierno o un reto que afronta el país a una persona con una experiencia tan increíble, muchas veces se vuelve más claro. Siempre te hace buenas preguntas... Soy muy consciente de que soy su primer ministro número doce. Ha escuchado nuestros asuntos durante sesenta años". Es más divertido, desde luego, el marqués de Salisbury. Hay un momento en que la Reina visita su casa, Hatfield House. Y dice el marqués: "Las cosas han ido cuesta abajo, por supuesto. Cuando Jaime I vino estaban construyendo la casa... En estos tiempos de austeridad, hemos reformado el baño". También tiene gracia la propia monarca preocupándose por cómo estaba puesta la fruta en la mesa de un banquete. Le falta, como a Anthony Hopkins en Lo que queda del día, sacar la regla. Pero ya se encarga de mover las piñas un empleado.

Entre los entrevistados, el príncipe Carlos, Sofía de Wessex, la princesa Beatriz o el secretario privado de la Reina, Edward Young, que cuenta sus rutinas diarias y su compromiso con el país y la Commonwealth. Claro que se la elogia, pero el documental supone un acercamiento a la Reina, una mujer pendiente de la limpieza y el orden en sus palacios (aunque se ve una mesa atestada de papelotes). Robbie Williams dice que la Reina no tenía ni idea de quién era cuando les presentaron. Y Sebastian Coe cuenta cómo consiguió que la soberana hiciera el paripé con James Bond en la inauguración de los Juegos, ese día en que todos nos quedamos muertos y envidiando lo de fuera. A James Bond, que aquí tenemos a Los hombres de Paco.

Es verdad que cuando la realeza sale de la habitación donde uno está sientes el mismo alivio que al quitarte algo de entre los dientes. Pero en la tele es otra cosa. Se ve a la realeza con mucha relajación. Sobre todo a la ajena.

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