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El juez del sombrero

Gómez Bermúdez, con el sombrero de fieltro y ala ancha, parece una bruja de Wicked. O el juez Doom de '¿Quién engañó a Roger Rabbit?'

Rosa Belmonte
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En La Sexta Noche hablaban el sábado de la pelea de togas (vodevil lo titularon) entre el juez Ruz y el juez Gómez Bermúdez. Y allí que estaba Elisa Beni sin el más mínimo pudor. La persona que más palabras es capaz de meter en un minuto tampoco tuvo pudor al escribir La soledad del juzgador. Ni al elegir la foto de su perfil de Twitter, donde es una mujer a unas piernas pegada. Hay que reconocerle que cuando empezó su discurso reveló, para quien no lo supiera, su condición de mujer de Gómez Bermúdez, pero, hija, ¿no podías haberte quedado esa noche en tu casa? Claro, que tendría que dejar de ir a todas las tertulias de los últimos días. O salirse cuando se fuera a tratar el asunto, como Belén Esteban en Sálvame cuando se cabrea.

A los que ya sabíamos que es la mujer del juez Gómez Bermúdez nos importa un pimiento lo que tenga que decir de la competencia, del reparto o de quién deba llevarse los papeles de Bárcenas. En todo caso, me habría gustado más que Gómez Bermúdez, en lugar de reclamarlos formalmente por escrito, los hubiera reclamado a gritos como Nicky de Gran Hermano pedía a Eloisa los papeles de la paella. Pero, teniendo en cuenta que Ruz cruza la acera cuando lo ve venir, ese encuentro resulta casi imposible. Fue mucho más fácil que se encontraran Mick Jagger y Cecil Beaton (Jagger ofreció LSD a Beaton en La Mamounia). Decía que me importa un bledo lo que Beni tenga que decir de la competencia judicial. Me interesa más si es ella la que compra los sombreros a su marido. Virgen Santa, ¿pero por qué va ese hombre con sombrero y bolso? Gómez Bermúdez ha conseguido que el abrigo Chesterfield de Bárcenas se quede en nada. Que la cuestión de competencia quede eclipsada por la cuestión de apariencia. Por lo que respecta al juez Ruz, vistos sus trajes, da la impresión de que el único criterio que sigue para elegir su ropa es que no pique.

Bárcenas y Gómez Bermúdez tienen en común que lanzan mensajes con lo que se echan encima. Ya lo dice Eugenia Silva en su anuncio de Norit: la ropa es “tu símbolo de identidad”, “tu bandera diaria”. “Tu ropa eres tú”, concluye. Y antes que Eugenia, Mark Twain aseguraba que la ropa hace al hombre. Porque uno no se puede poner el Chesterfield sin intención de decir algo. Ese modelo al que dio nombre el sexto conde de Chesterfield, que formaba parte de un grupo de dandies entre los que también estaban Lord Byron y el conde D’Orsay, todos precursores en el cambio que hubo del estilo Regencia al victoriano, menos decorativo. Pero ese cuello hoy sí es decorativo. Y significativo. Igual que el sombrero del otro. Larry Hagman, que nunca viajaba sin su Stetson, decía que tenía cientos de sombreros y que se escondía debajo de ellos. Gómez Bermúdez no se esconde, pone el sombrero a su servicio. Como Nacho Polo. Tapando la calva. Lo que pasa es que Gómez Bermúdez, con el sombrero de fieltro y ala ancha, parece una bruja de Wicked. O el juez Doom de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?

Hablando de películas, es Bárcenas quien más nos hace tirar de referencias cinematográficas. Entre los trastos personales que tenía en la sede del PP (en el garaje) había una cabeza de alce, otra de ciervo, esquís y trineos. Trineos. En plural. Más de uno. En eso supera a Ciudadano Kane, que solo tenía uno, Rosebud. Un trineo en el garaje puede decir tanto como un Chesterfield. O como el sombrero.

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