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Un país en bragas

Es curioso pero estamos siempre con las bragas en la boca. De calzoncillos se habla menos.

Rosa Belmonte
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En cualquier anuncio de Desigual resulta más ofensivo ver a una mujer vestida que desnuda. Pero dejando a un lado lo chula que sea la vida para este mundo publicitario que es cascada de colores, los últimos días hemos visto demasiadas mujeres en bragas como para preocuparnos por un anuncio vulgar. Mujeres reales. Demasiadas son dos, vale: Olvido Hormigos en Interviú e Isabel Pantoja desparramada en el coche. Pero es que fue en dos días. Tanto quedarse con el culo al aire, voluntaria o involuntariamente (pobre Pantoja), resulta inquietante. España es un país en bragas. Además, todavía teníamos en mente el robo de las de Belén Esteban y la historieta que Jesús Mariñas contó en Sálvame de que Karmele Marchante vendía las suyas usadas en Cuba. Por no mencionar que ella se puso unas en la cabeza mientras Mariñas hablaba de la muerte de su madre.

Es curioso pero estamos siempre con las bragas en la boca. De calzoncillos se habla menos. Los modelos no cuentan. Pongamos a Roldán en su fiestuqui. Pongamos a ese delincuente de Huelva recientemente detenido que atracaba con un boxer en la cabeza. El tipo asomaba la cara por la bragueta y amenazaba con un cuchillo. Había robado así en varios negocios. Se presentó en casa de una señora que al principio creyó que era una broma: "Era una situación cómica ver a alguien asomando la cara por la bragueta de unos calzoncillos amenazándote, pero cuando se puso agresivo entendí que iba en serio". Lo cierto es que, al final, hablar de calzoncillos y bragas siempre nos hace mucha gracia. Y siempre recordamos a Cecilia Roth y su anuncio almodovariano. Tirando de ‘braguismo’ pasado, hay que recordar a aquella Patrizia D’Addario que había tenido una relación con Berlusconi y fue a DEC a contarlo (para entonces, dijo, ya no era prostituta). Contó que cuando tuvieron sexo no durmieron toda la noche. Y que lo graba todo. Como se lo había confiado a alguien, entraron a robar a su casa. Las grabaciones no las encontraron pero se llevaron todas sus bragas. O sea, que Belén no es la primera. Vamos, es que la reina Victoria de Inglaterra está antes. Que Edward Jones, con catorce años, se coló en Buckingham (y no era la primera vez) para eso. La policía encontró entre sus pantalones unos calzones de la reina. Su bisnieta Isabel II olvidó unos hace más de 40 años en un avión. Luego se subastaron.

Pero las bragas anónimas también han tenido su minuto televisivo. En 2006 había un programa llamado La hora de la verdad. Era una cosa infame con polígrafos, pupilómetros y otros artefactos para averiguar peregrinas verdades. Fue una pareja de rusos. Él estaba convencido de que su mujer le ponía lo cuernos. "Yo creo que tuvo relaciones sexuales en el supermercado y vino a casa sólo a cambiarse de bragas". Al presentador lo de la prenda íntima le llamó la atención y le preguntaba por qué sospechó: "Mira, las bragas de nylon es difícil arrugarlas pero esas estaban bastante arrugadas. Estaban como hechas doce pliegues", explicó. Había que ver la cara de la rusa escuchando semejante cosa. Luego el polígrafo dictaminó que ella decía la verdad y empezó a llamar de todo al marido (cosas rusas y gilipollas). También a afearle la vergüenza que le había hecho pasar.

And last but not least, Bibiana Aído se fue a comprar bragas con El Follonero en su programa. Después Nueva York es lo más cerca que te puedes ir, claro. Escribe Nancy Huston en Reflejos en el ojo de un hombre que hoy la libertad de un país se mide por el derecho que tienen los hombres de ese país a exhibir la carne desnuda de las mujeres de ese país (Olvido, no lo olvides). Y quien dice carne desnuda dice bragas. Robadas del cajón, arrugadas o descuidadas en un desmayo.

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