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Ropa rota de ricos

Borja Thyssen no es distinguido, no es ‘cool’, no es guapo pero parece más verdad que todos los Kennedy juntos.

Rosa Belmonte
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Borja Thyssen gasta look gastado. A ¡Hola! le hizo mucha gracia la pinta que llevaba la semana pasada. Barba de hipster y una sudadera con la que parecía que hubiera sufrido una balacera de perdigones (carísima, claro). En el último número de la revista, adelantada al lunes por la boda de Magdalena de Suecia (¿y a quién le importa Magdalena de Suecia?), sale con chaqueta de cuadros y coderas, como si se hubiera escapado de un tebeo de Sir Tim O’Theo. Digamos que no tiene un estilo definido pero sí suele tirar del pordiosero chic style. Como tantos jóvenes de su edad. Como tantos jóvenes con su cuenta corriente.

Tiene González-Ruano un librito sobre las casas en las que vivió entre 1903 y 1953 (fue una forma de celebrar sus cincuenta años). Cuando habla de la de Positano, dice: "No sabía aún que para vivir pobremente hay que ser rico". Lo que no sabía Ruano es que esa verdad universal iba a servir en el futuro para la ropa de los millonarios jóvenes. Que el aspecto de clochard iba a ser el normal para una clase social de posibles (o probables). Que Javier Bardem iba a salir a la calle con unos espantosos crocs y una camiseta pulgosa. Vale, no esperamos (ni deseamos) que vaya como Marichalar o los Medina, pero hay un término medio. Y tiene un pase porque es hombre. Karl Lagerfeld da en el clavo: el desaliño y una mujer de mediana edad son incompatibles.

Cuando vino a San Sebastián a recoger el Premio Donostia, Lana Turner se quejó de que las estrellas salían a la calle como pordioseros. Es verdad que es un pordioserismo falso, como el de esos ingleses ricos que decoran sus casas con lo que hay en el desván. Un signo de estatus, como recuerda Richard Connifff en Historia natural de los ricos. Michael Heseltine era un editor millonario antes de ser ministro de Margaret Thatcher. Un ricachón de su partido dijo con chufla: "El problema con Michael es que tuvo que comprar todos sus muebles". Siempre ha estado feo que se note lo nuevo (ahí está el amazona bien gastado) pero desde hace unos años lo de la ropa alcanza lo ridículo. Los vaqueros y las camisetas no envejecen contigo, te las compras hechas polvo y a precios ridículos. ¿Hemos podido llegar a ser más tontos?

En la época de Lana Turner, los estudios no les habrían dejado ir de cualquier manera pero a ellas tampoco se les habría ocurrido. Sólo había que ver aquel anuncio de Pepsi a finales de los 60 con Joan Crawford en el supermercado (¡llevaba hasta guantes blancos!). En la exposición que ahora mismo se puede ver en la tienda de Loewe de la madrileña calle Serrano sobre los Kennedy hay una de Jackie en el supermercado. La exposición de la Fundación Loewe en colaboración con PhotoEspaña muestra fotos de Mark Shaw, que acabó siendo amigo de la pareja. Esa foto está tomada en 1959 durante la campaña electoral. Tiene Jackie una pinta como para ir a la tienda de ultramarinos. Las imágenes muestran toda esa belleza y distinción falsas de los Kennedy, de John, Jackie, Caroline y John-John. En blanco y negro y en color. Tan bien vestidos. Todo tan bonito. Todo tan ideal. Todo tan mentira. Aunque siempre he preferido ser un Kennedy muerto que una muerta de hambre cualquiera, una consorte Kennedy cornuda que una mujer felizmente vulgar. Lo único que no envidio es la espalda de JFK.

Borja Thyssen no es distinguido, no es cool, no es guapo pero parece más verdad que todos los Kennedy juntos. Su ropa es de un falso roto. Ropa rota de ricos. Ropa rota para todos.

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