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Good wives

La infanta Cristina y la mujer de Anthony Weiner, congresista adicto al "sexting", han sufrido casos similares: infidelidades del pasado que regresan.

Rosa Belmonte
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Anthony Weiner y su esposa, Huma Abedin | Efe

Las mujeres engañadas y corneadas tienen razones para permanecer al lado de sus maridos. Sus razones. Para eso son sus matrimonios y no los nuestros. Poniéndose en modo Aznar podrían decir algo así como "¿Y quién te ha dicho que quiero que me digas que tengo que divorciarme?". Esta especie que se renueva continuamente tiene el engaño, la publicidad del engaño y al personal opinando sobre lo que tiene que hacer. Últimamente, las damas ‘divorciables’ por cuernos públicos han sido Huma Abedin y la infanta Cristina. Y ambas por viejos deslices. La primera es la mujer de Anthony Weiner, el candidato a la alcaldía de Nueva York al que han pillado otra vez con el teléfono. Ahora teniendo correspondencia sexual (en 2011 mandó su torso y su pubis). El hombre es adicto al ‘sexting’.

Cuando el otro día salió a decir que no iba a abandonar la campaña, allí estaba Huma apoyándolo. Igual que la mujer de Elliot Spitzer, gobernador de Nueva York obligado a dimitir por su relación con una prostituta. Una aparición pública que fue la que inspiró The Good Wife (la serie luego ha sido otra cosa, una cosa extraordinaria, pero el punto de partida era la mujer del político dando la cara con él). Según People, Huma estuvo a punto de coger el portante en otoño, cuando se enteró de que Weiner había vuelto al ‘sexting’ (o que no lo había dejado). Y encima Huma Abedin cree que es culpa suya porque puso fin a la terapia que el matrimonio empezó tras el primer escándalo. Cuando ella tuvo un hijo (ahora de 19 meses), se centró más en él. El caso es que después del último lío, Huma dice que ella y su marido están más unidos que nunca. A mí en este caso (y en el de Cospedal) lo que más me sorprende es que hayan elegido unos tipos tan discutibles físicamente. Tan feos.

Huma, una exótica pakistaní educada en Arabia Saudí, tiene con quién hablar del asunto. Es la jefa de la Oficina de Hillary Clinton. Y si Hillary Clinton no se divorció, si no se divorció Ágatha Ruiz de la Prada, ¿por qué iban a hacerlo Huma o la infanta Cristina?

La infanta Cristina no hace declaraciones. Aquí hay que leer entre renglones torcidos y apariciones en restaurantes. Lo más curioso en el caso de la infanta Cristina es que da la impresión de que ella va por un lado y Zarzuela por otro. Al menos en lo que se refiere al matrimonio. Cuando Mariángel Alcázar publicó en ‘La Vanguardia’ que doña Cristina se iba a Ginebra y que también lo haría Iñaki Urdangarín (aunque no dejaría su residencia en Barcelona), la mayoría de medios llamó a Zarzuela. Y lo que allí les dijeron es que la infanta sí se iba pero Urdangarín, no. Es decir, que desde la Casa se abonó la especie de la separación que muchos empezaron a sugerir. Y parece que de eso no hay nada. De nada.

Huma Abedin está hecha polvo y se desmorona fuera de cámaras. Es una mujer corriente. Como las otras. Pero ha decidido mantener el compromiso con su marido. También con la campaña electoral de su marido. Y está cabreada porque algunos de los amigos de la pareja, incluidos los Clinton, han dado la espalda a Weiner.

Decía el novelista Anthony Powell que todas las mujeres se sienten estimuladas por la noticia de que una esposa ha dejado a su marido. Amárrame los pavos. No será porque los queremos para nosotras. En todo caso será porque nos alegramos del mal ajeno (igual que nos alegramos al ver a otras más gordas). En el fondo, todas estas ‘good wives’ hacen una función social extraordinaria guardándose esas joyas para ellas.

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