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Escritoras

Con biografías como éstas, incluso una buena novela será peor que una buena biografía.

Rosa Belmonte
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Candice Bergen | Cordon Press

Candice Bergen ha escrito su segundo libro de memorias, A fine romance. Cuenta lo que le ha pasado en los últimos 35 años, así que incluye a Murphy Brown y a Louis Malle. Cuando se le pregunta por qué ha querido escribirlo dice que no quería. "Pero tampoco tenía mucho más que hacer y en Simon & Schuster me dijeron que, bueno, que me habían pagado un anticipo". Y explica así en Entertainment Weekly un típico día delante del ordenador: "No me pongo a escribir hasta las 11.30 o la medianoche… Y entonces miro vídeos de animales en Youtube… Vi uno que no he podido volver a encontrar. Era de un hombre que planchaba a su gato…". Cuando se cansa de los vídeos escribe hasta las dos o las tres de la madrugada. Y me la imagino como a la Merry de Ricas y famosas levantándose por la noche de la cama (donde tiene a su marido, Richard Channing: bueno, vale, David Selby) para apuntar lo que se le ha ocurrido para su novela. Liz (Jacqueline Bisset), que es la intelectual, la verdadera escritora (o eso cree ella), se cabrea con el éxito literario y ligero de su amiga. Pero es que esto es como lo de Balas sobre Broadway: el verdadero artista no es el que va de artista, sino el que lo es (el gánster en la película de Woody Allen).

También saca memorias, las primeras, Kate Mulgrew, la Red de Orange is the new black. Y la Kathryn Janeway en Star Trek: Voyager, la única mujer capitán en la franquicia, que a Mulgrew era casi a la única que conocíamos de antes en la serie de las presidiarias. Las memorias se llaman Born with teeth (nacida con dientes) y llegan hasta finales de los 90. Son otro de esos ejemplos de memorias que lees agradeciendo la generosidad del que está contando su vida. Y la cosa va desde una madre que le decía que llamar por teléfono a hombres le iba a producir cáncer de mano, a la violación por un extraño en su apartamento de Manhattan, pasando por Geraldine Page entrando en un restaurante con un largo abrigo de mapache y enseñando las tetas mientras saludaba a Mulgrew.

Luego lees a supuestos escritores y te llevan los demonios. Me pasa con La pequeña comunista que no sonreía nunca, la novela de Lola Lafon sobre Nadia Comaneci. Con semejante historión arma un verdadero coñazo. Palabrería literaria. Que no digo que esté mal escrita la novela (está bien escrita). Pero nada que ver con las perfectas memorias de Agassi. Hoy siempre va a ser peor una buena novela que una buena biografía. Hoy es después del siglo XIX. En fin, será manía, pero cogía un rotulador negro gordo y empezaba a tachar que dejaba el libro como uno de esos documentos desclasificados de la CIA que en las películas dan al protagonista (y este se encuentra con que no queda un párrafo vivo). Es verdad que he acabado convencida de que todas las biografías o similares debería escribirlas Jean Echenoz, el único capaz de fundir lo breve y lo minucioso. Pero es que las poco menos de cuatro páginas que Jordi Soler escribe sobre la gimnasta rumana en el libro recopilatorio Salvador Dalí y la más inquietante de las chicas yeyé son mejores que las 278 de Lafon. Otro libro que no quiero copiar. Y con Candice y Kate siento tentaciones. También las tengo de planchar un gato.

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