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Katy Mikhailova

Lomana y Tutankamón, boxers del montón

Hace un tiempo que llevo queriendo escribir sobre la ropa interior para ellos y "elles", y ahora es el momento.

Hace un tiempo que llevo queriendo escribir sobre la ropa interior para ellos y "elles", y ahora es el momento.
Carmen Lomana. | Cordon Press

Dime cómo son tus calzoncillos y te diré cómo calzas. O andas. Y piensas. Y por supuesto vistes, o te desvistes. Yo siempre los he preferido con boxers a calzoncillos, me parece más elegante. Y si va a juego con la camisa, mejor. Claro que para llevar boxers se debe presumir de llevarlos bien puestos, los testículos, para evitar, además, rendirle homenaje a la ley de gravedad de Newton. Que no caiga. Recuerden esa salsa cubana que dice "todo lo que sube tiene que caer…" de Gilberto Santarosa. Verdades como puños. O huevos.

Hace un tiempo que llevo queriendo escribir sobre la ropa interior para ellos y "elles", y ahora es el momento. El gancho de actualidad es que Carmen Lomana aparezca en un evento posando en el photocall con unos boxers, tacón y americana. Y aquí va mi veredicto: ¡no me puede fascinar más! Yo me pasé medio confinamiento robándoselos al que entonces era mi novio, de la marca Kiff Kiff, y es la pieza perfecta para las videollamadas y el teletrabajo para los días de calor que parecen asomarse paulatinamente.

De cintura para arriba, seriedad y elegancia; de cintura para abajo, comodidad. En taza de café, whisky. The Macallan, si puede ser. Todo maquillado, disimulado y estrictamente pensado. El mundo pertenece a quien cree en la belleza de sus bragas. Algo así dijo Roosvelt, pero en vez de ropa interior hablaba de sueños. Sueños los que tenemos las que dormimos, y cuanto más ligeras de ropa, mejor. A eso apuntan ahora los expertos.

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El encanto de Lomana en boxers tiene doble razón de ser: cuando es alguien que predica la elegancia y el decoro llevado a la excelencia impresiona más. Ver a Naty Peluso o a Rosalía en boxers no tiene el mismo mérito que verlo en Carmen Lomana. Aunque de la marca Stradivarius, acudía hace escasos días al estreno de "Disco, Ibiza, Locomía" (Kike Maíllo, 2024) desafiando su propio protocolo. Indagando sobre el mundo "lencero" pero a la masculino, me encuentro con un sinfín de tipologías dignas para un estudio psicosociológico. Slip o turbo, briefs, trunks, boxers briefs, briefs de corte medio, incluso el calzón-bikini. A mí me suena todo a nombres de programas informáticos, aplicaciones para ligar o tipos de hamburguesas. No suena a nada y a todo al mismo tiempo. A estas alturas, con que los lleven limpios, los calzones, me basta. Que la sostenibilidad justifica la no-higiene, y no vale. Vamos… recitando a Alejandro Sanz y su canción… todo un universo de pequeñas cosas; o grandes.

Leo por ahí que, al igual que ocurre con las barras de labios, los calzoncillos también son un indicador de inflación y otras cosas del montón de la macroeconomía. Recuerden a Warhol narrar en su libro "Mi filosofía de A a B y de B a A" sobre su hallazgo de un paquete de tres calzoncillos (calzón corto de hockey) por 5 dólares: "un precio no demasiado inflacionista". A ver cuántos lavados soportan, claro. Que lo barato sale caro. Fue Tutankamón su mejor embajador de la historia, del calzoncillo. Y esto lo descubrimos allá por 1922 cuando se abrió su tumba, llevándonos la sorpresa de que llevaba una prenda de lino muy similar a la que estamos desgranando; y es en 2024 cuando Carmen Lomana lo impone con suma elegancia. El mundo de la estética viene a invertirse. Llevo con gusto y belleza, todo vale. O casi todo.

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