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Katy Mikhailova

Los cartones de leche millonarios

Existe un nuevo término que roza la dictadura estética: los ‘must-have’.

Katy Mikhailova
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Existe un nuevo término que roza la dictadura estética: los ‘must-have’.
Una imagen publicitaria de Chanel

Escribía el otro día sobre las "tendencias" de este otoño. Sobre el qué se lleva -un tema que me parece totalmente absurdo, innecesario y banal- este otoño, como si se impusiera una serie de modas-estilos a los que, si no te adaptas, "fracasarás" como individuo en esta sociedad. Resulta que ahora existe un nuevo término que roza la dictadura estética: los ‘must-have’. Esas prendas o accesorios que es "necesario" tener en tu armario. Ya no son esos ‘basics’ reciclables en diferentes temporadas, sino que hablamos de una obligatoriedad impuesta por las revistas de moda y otros medios del sector.

Y bien. Las tendencias de este otoño 2014 se repiten como cada año. Tanto es así que al final ‘se lleva todo y nada a la vez’. Sin embargo, ha nacido una nueva tendencia estética. La llaman ‘prêt-à-manger’. Término del que abusan los editoriales de las 5 revistas de moda más importantes del mundo. ¿Listo para poner o listo para comer? Lo gracioso de todo esto es que el ‘prêt-à-manger’ en moda se pasea por la acera contraria al ‘fast fashion’. Lo curioso es que firmas de lujo empiezan a proponer artilugios a precio de oro inspirándose en la comida. Y no vale hacer una mancha de Ketchup en la camiseta o pegar un spaguetti en el vaquero. No. La novedosa estética, cuya ética es incongruente -y ahora explicaré por qué-, consiste en que algunas de las compañías más famosas, dado que se les acaba la imaginación y todo está inventado y hecho, apuestan por inspirarse en compañías ‘fast food’.

Este es el caso de Moschino. Su última colección la ha dedicado a McDonalds. A saber qué acuerdo han cerrado. Si económico o si se les han pagado en especie: hamburguesas y patatas fritas. Esto último lo dudo mucho: de ser así, probablemente las modelos que desfilaran no estarían tan extremadamente delgadas. Un vestido de noche largo -feo a más no poder- cuyo estampado retrata imágenes asociadas a la compañía de hamburguesas o un clutch -bolso pequeño de mano- en color amarillo con la <m> roja del McDonalds son los productos "estrella" de tal colección.

Paralelamente a nuestro amigo Karl, del que ya escribía hace unas semanas, le ha dado por tomar como fuente de inspiración los supermercados. Así, bolsos de Chanel cobran la estética externa de cartones de leche. Tal cual lo leen. Me he vuelto a plantear la imposible realidad de que Cocó reviviera y apreciara qué están haciendo con el imperio que creó de la nada. Y me inquieta pensar cómo los directivos de la empresa francesa lo aceptan silenciosamente. No es que un cartón de leche sea denigrante; más bien todo lo contrario, para algunos tiene más valor que un bolso cualquiera. Pero, oigan, esto es una tomadura de pelo. ¿Qué será lo siguiente? ¿Hacer prendas inspiradas en los excrementos de caballo?

Todo esto invita a reflexionar sobre dos asuntos que respaldan la incongruencia entre esta estética y la ética. Mi primera premisa es la paradoja de la extrema delgadez promulgada por estas firmas -tanto en campañas publicitarias como en las propias pasarelas- que ahora promocionan alimentos nada sanos. El segundo es que no es el momento más idóneo para jugar con estos asuntos, habiendo españoles que, quedándose en paro, tienen que recurrir a comedores sociales para poder sobrevivir. Es un estética que, además de ser fea y simular el plástico barato, se vende a miles de euros y no aparece en el momento más indicado.

Ello no significa que esté atacando al lujo. Los que me leen desde hace años en este medio saben que soy una fiel defensora de esta industria. Pero hay dos tipos de lujo: el estúpido y el inteligente. El inteligente es aquel que goza de calidad, artesanía, originalidad y perdurabilidad en el tiempo. El estúpido es aquel lujo que toma por idiotas a los consumidores y propone productos ridículos que no defienden ningún valor.

Un abrigo de visón es lujo inteligente, pero un Vuitton de los de plástico es un lujo estúpido; un anillo de plata por 100 euros podría ser un lujo inteligente, pero un anillo de bisutería de acero por el mismo precio –sólo porque lleva una marca detrás– es un lujo estúpido. Y así sucesivamente. Hay que pensar con cabeza en qué y dónde invertimos nuestro dinero. ¿En una estética o también indirectamente en una ética que defiende la calidad y el diseño auténtico?

Hablando de animales, leía el otro día un meme en el que estaba escrito lo siguiente: "Por destruir un huevo de águila real, aunque esté vacío, te cae una multa de hasta 2 millones de euros. Matar a un niño o una niña que está por nacer, es legal y el Estado lo paga con el dinero de los españoles". Otro ejemplo de estupidez supina...

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