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Katy Mikhailova

Yayo-selfie pasado por agua

Los feos envejecen menos y, por tanto, mejor, como quien dice; y, la segunda, que tenemos mucho tiempo libre y mucha tontuna encima.

Katy Mikhailova
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Katy Mikhailova - Yayo-selfie pasado por agua
Un envejecido Pedro Sánchez | Agencia

Los feos envejecen mejor. Con esta afirmación tan irónica como absurda arranca mi columna de los sábados para reflexionar sobre la idiotez de la semana: mi yayo-selfie. Pocos son los que logran huir de esta nueva tendencia (aunque nada original) en las redes que sólo deja claras dos cosas: la primera, que los feos envejecen menos y, por tanto, mejor, como quien dice; y, la segunda, que tenemos mucho tiempo libre y mucha tontuna encima.

Ahora hay una campaña política que pretende atentar contra los yayo-selfies (ironía aparte). Pero estoy segura de que no conseguirán evitar que sigamos ganando canas y arrugas, aunque sea en fotografías. Sembrar miedo al yayo-selfie (o a la yaya-sefie, para la inclusión de la "lenguaja") resulta algo inútil en estos tiempos en los que prácticamente cualquier app tiene nuestro consentimiento a escuchar nuestras conversaciones, por ejemplo (casi nada, ¿no?). Y es que, a raíz de este imparable éxito del "mi yo con 20 versus mi yo con 80", los medios de comunicación han tratado de analizar la peligrosa situación de esta práctica: otorgarle los derechos de las imágenes a la aplicación que gestiona estos cambios estéticovirtuales, por resumirlo de manera muy genérica.

Los especialistas hablan de la ambigüedad en su política de privacidad de la rusa FaceApp, y yo la pregunta que les lanzo es: ¿a quién le importa este asunto, cuando 9 de cada 10 aplicaciones del móvil les solicita conocer su ubicación, tener acceso a vuestras imágenes, entre otros privilegios? ¿O acaso no le hemos entregado ya nuestra privacidad a Facebook, por ejemplo? Asúmanlo: el que tiene redes sociales ha perdido el silencio de su vida.

Siguiente reto: ¡a ver quién es listo que se atreve poner el yayo-selfie en el perfil de su cuenta de Tinder! Ese sí que sería hacer un "challenge". "¡Te reto a que a que ligas más que yo en Tinder (en su defecto, Grinder) con tu foto de viejo!". ¿Se imaginan?

Lo que desde luego no queremos es que envejezca nuestra ropa. Y, si además entramos a tiempo en la ola del medioambiente, mejor que mejor. La diseñadora Stella McCartney confiesa no lavar su sujetador a diario para evitar malgastar el agua y la electricidad con la lavadora. ¡Pues vaya invento! Yo tampoco lavo mis sujetadores a diario, y no pasa nada. Bueno, en verdad los sujetadores no los lavo, dado que ni los utilizo. Pero, ¿se imaginan no lavar sus gayumbos a diario? Un mundo más natural es posible. Y más perfumado. Quizás se dispare la venta de toallitas de higiene íntima, diseñadas específicamente para el ecologista que lava su ropa interior una vez por quincena; Axe podría lanzar al mercado un desodorante para la ropa íntima y sucia.

La semana pasada titulaba ‘la higiene p’a cuando’ y pena que estas noticias no llegaran a tiempo. Mucho me temo que la higiene es un asunto de diario. Pero el concepto "prenda usada-prenda ensuciada" no tiene sentido, y lo saben. Es evidente, sin embargo, que haya accesorios de vestimenta, y según para qué actividad, que sí precisen de un lavado más frecuente. La ropa con la que practicamos deporte es mucho más propensa a contener gérmenes y otras bacterias después del uso que se le ha dado (salvo que sea para el postureo de la foto). Y el debate de los vaqueros de Levis aun sin lavar (4 años después, seguimos con los mismos puestos) cobra más fuerza que nunca.

Esto me reconduce, para finalizar, a uno de los últimos grandes delirios de la globosfera influencer: de la creadora de "vendo el agua con el que me he bañado" llega "subasto los vaqueros con los que he sudado". Si aún están pez en este asunto, les recuerdo que la semana pasada la polémica venía servida (y pasada por agua) por la instagramer británica de 19 escasas primaveras y escasas neuronas, Belle Delphine, que, gracias a sus ejército de seguidores (más de 4 millones) ha agotado la primera edición limitada de frascos de agua (30 euros la unidad) con la que se ha bañado. Ya puesto a hacer el imbécil, podría haberlo hecho con alguna finalidad solidaria (donando la recaudación). Pero su único mensaje es usen mi agua con "fines sentimentales".

Mientras tanto, en la cresta de la vanguardia aparece la firma Pangaia: utilizan aceite de clorofila para tratar sus prendas de ropa. Un tipo de aceite que (se supone) repele las bacterias manteniendo el tejido fresco, consiguiendo, así, ahorrar 3 mil litros de agua. Vamos, que ya puede usted sudar en plena ola de calor en verano que el clorofila ese evitará que la ropa huela, se moje, se ensucie y se pegue a su piel. ¿Algún voluntario para probarlo?

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