En la primera jornada Cambio climático y sociedad, organizada por Realistas Climáticos, se respiró algo casi extinguido en el debate climático: aire fresco. No porque surgieran ideas nuevas, sino porque, por fin, se expresaron sin miedo.
Científicos de diversas disciplinas coincidieron en una idea que hoy suena casi subversiva: la ciencia sólo avanza cuando duda, y lo que se vende como "consenso" funciona en realidad como un apagafuegos de la discrepancia.
Denunciaron que la libertad de pensamiento retrocede dentro de la academia y que el consenso climático se ha convertido en un argumento de autoridad que frena el debate y estrecha la investigación.
El "consenso": de herramienta retórica a mecanismo de control
La idea más repetida —y la más rotunda— fue clara: "el consenso es una forma de censura". Lo dijeron sin rodeos y sin matices. Para estos científicos, la palabra consenso se ha convertido en un muro: un argumento de autoridad que evita preguntas, oculta incertidumbres y excluye cualquier hipótesis alternativa.
Según explicaron, el consenso climático no es científico, sino político. "En ciencia el juez es la naturaleza, no el consenso", recordaron, subrayando que un modelo "o funciona o no, y eso no lo decide un comité". Por eso, tal como se usa hoy, el consenso "es cualquier cosa menos científico".
CO₂, ciencia frente a dogma
El papel del CO₂ fue uno de los puntos más candentes de la jornada. "El CO₂ no tiene nada de malo; nos da la vida", recordaron, subrayando su función esencial en la fotosíntesis y su presencia natural desde hace millones de años.
Los científicos sostuvieron que el CO₂ se ha convertido en un chivo expiatorio cómodo, pero científicamente débil. Recordaron que impulsa el crecimiento vegetal, que un aumento moderado tiene efectos beneficiosos y que la Tierra ha soportado niveles mucho más altos sin colapsos climáticos.
Frente a la simplificación dominante, reclamaron un enfoque riguroso y sin dogmas: no negar el cambio climático, sino reconocer su complejidad y la necesidad de investigarlo sin restricciones ideológicas.
"Lo más peligroso no es la censura; es la autocensura"
Uno de los mensajes más potentes de la jornada fue que el mayor freno para la ciencia no es la censura explícita, sino el miedo a discrepar. Muchos investigadores, señalaron, prefieren callar ante el riesgo de ser apartados, desfinanciados o desacreditados. Esa autocensura —más sutil y mucho más eficaz— opera como un control silencioso del pensamiento.
Advirtieron que ya no es un fenómeno aislado, sino una práctica extendida, incluso en la universidad, tradicional bastión del pensamiento libre. En sus palabras, "el telón de acero sobre las opiniones discordantes se ha levantado en la academia", con un impacto directo en la calidad y diversidad del conocimiento científico.
Del fenómeno natural a arma política
Para los científicos, el cambio climático dejó de ser ciencia en cuanto se convirtió en arma política. Algunos sitúan el punto de inflexión en la transformación del debate tras la difusión de "Una verdad incómoda" de Al Gore, que consolidó un marco narrativo poco abierto a la controversia científica. Otros lo remontan a la propia creación del IPCC, momento en el que, a su juicio, la agenda política comenzó a condicionarlo todo y el análisis científico perdió margen de autonomía.
Coinciden en que la agenda climática funciona hoy como instrumento de poder, útil para justificar políticas globales, restricciones energéticas y nuevas formas de control social. Y lo más inquietante, advierten, es que ese andamiaje descansa sobre hipótesis "muy lejos de haber sido contrastadas y verificadas".
Salvar el planeta... o salvar la ciencia
A la pregunta final —qué urge más, salvar el planeta o salvar la ciencia— respondieron con una mezcla de ironía y lucidez. "El planeta ya se cuida él solo; la soberbia humana nos hace creer que podemos destruirlo o salvarlo."
Para ellos, la prioridad es otra: proteger la posibilidad misma de hacer ciencia sin miedo. Recuperar el debate abierto, el contraste de hipótesis, la discusión honesta y la libertad para disentir sin represalias. Lo resumieron en una exigencia tan sencilla como revolucionaria: "Un debate serio, público, basado en datos reales."
Reivindican algo tan simple como revolucionario: "Un debate serio, público, basado en datos reales." Un debate donde distintos especialistas puedan contradecirse en libertad sin que la discrepancia se castigue.
Y, como guinda, una frase que resume mejor que ninguna el espíritu de la jornada: "Lo importante es salvar a los humanos de los políticos." Porque serán el desarrollo científico y tecnológico —no los decretos climáticos— los que permitan afrontar los desafíos reales del futuro.
Esta I jornada dejó una certeza incómoda: el debate climático no murió; fue silenciado. Pero la grieta ya está abierta. Y cuando la ciencia vuelve a hablar con libertad, por incómoda que sea, silenciarla se vuelve mucho más difícil.



