
El cerebro humano no actúa como una calculadora matemática cuando se trata de gestionar la alimentación. Tal y como advierten desde la compañía aseguradora Sanitas, existen múltiples factores que alteran la manera en que el organismo procesa la necesidad de ingerir alimentos. El director médico de Drop, el doctor Christian Alvarado, y la psicóloga de Blua, Virginia del Palacio, subrayan que los elementos externos e internos modifican significativamente los avisos del cuerpo.
"El cerebro no funciona como un contador exacto de calorías", indica el doctor Alvarado, que detalla cómo este órgano vital "interpreta señales internas y estímulos externos, y su respuesta cambia según el estado de salud o después de una pérdida de peso". Esta complejidad de factores provoca que dos individuos distintos puedan experimentar niveles de hambre diametralmente opuestos ante un mismo plato de comida, dado que entran en juego variables que escapan a la simple necesidad energética.
A nivel fisiológico, el apetito es el resultado de un intrincado sistema en el que interactúan de forma constante el cerebro, el aparato digestivo y el tejido adiposo. El hipotálamo es la región encargada de centralizar esta información. En este proceso son fundamentales dos hormonas: la grelina, producida en el estómago y cuyos niveles se elevan antes de comer, y la leptina, liberada por la grasa corporal y que sirve para informar sobre las reservas de energía disponibles.
La percepción de la saciedad
A estas señales puramente biológicas hay que sumar la enorme influencia de los circuitos de recompensa, memoria y aprendizaje. Los expertos apuntan que un estímulo visual en redes sociales, el olor de un alimento o una situación asociada a comer contribuyen a despertar el apetito, aunque las necesidades nutricionales ya estén cubiertas. Del mismo modo, la falta de sueño o el padecimiento de estrés de manera sostenida alteran la percepción de la saciedad, si bien su efecto varía en cada persona.
El aspecto mental juega un papel decisivo a la hora de estructurar la dieta. La psicóloga Virginia del Palacio advierte sobre el peligro de la autoexigencia extrema: "Las prohibiciones muy rígidas, la culpa después de comer y la necesidad de compensar cualquier desviación pueden aumentar la preocupación por la comida". Interpretar un pequeño cambio dietético como un rotundo fracaso suele arrojar al individuo a un peligroso ciclo de restricción y sobreingesta.