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La ofensiva Nivelle

Los alemanes hicieron con Francia lo mismo que con Rusia, esperar a ver si la crisis interna llevaba al enemigo a pedir la paz.

Emilio Campmany
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A principios de 1917 era obvio que el tiempo corría a favor de los aliados. A pesar de eso, los alemanes comprendieron que era inútil, tras el fracaso de Verdún, intentar nuevas ofensivas en el frente occidental y lo fiaron todo a la guerra submarina, con la que pretendieron ahogar económicamente a Gran Bretaña. En cambio, los aliados carecieron de la paciencia necesaria para esperar a que Alemania cayera como una fruta madura. Su actitud se explica con que hubo importantes cambios en las cúpulas aliadas. En diciembre de 1916, Robert Nivelle sustituyó a Joffre al frente del ejército francés y David Lloyd George sucedió a Asquith como primer ministro británico. A nadie recién puesto al frente de ninguna organización le gusta llegar diciendo que su plan es no hacer nada. Y hacer algo en el frente occidental sólo podía significar una cosa, montar una ofensiva. Además, la guerra submarina tuvo durante los primeros meses, a partir de febrero de 1917, un inquietante éxito. Por las mismas fechas, empezaron los problemas en Rusia. La posibilidad de que Petrogrado buscara una paz separada con Berlín y liberara una enorme cantidad de tropas alemanas que podrían ser desplazadas al frente occidental se convirtió en una amenaza real. La inactividad en el frente por lo demás se creía que abotargaba a los soldados, entre los que se extendía el lema "Vivir y dejar vivir".

A todas estas razones hay que añadir el contagioso optimismo de Nivelle, que afirmaba haber dado, tras su experiencia en Verdún, con una fórmula capaz de romper el frente alemán en menos de cuarenta y ocho horas. La base estratégica de Nivelle no era nueva. Partía de la idea de aprovechar la debilidad estratégica del saliente alemán, entre Arrás, al norte, y Soissons, al sur. Joffre intentó ponerla en práctica en 1915 y fracasó. No obstante, la idea de Joffre era envolver al ejército alemán desplegado en el saliente. En cambio, Nivelle tenía intención de romper el frente alemán en el sur y que la ofensiva del norte, que emprenderían los británicos, fuera tan sólo una distracción con la que atraer a las reservas alemanas. Si lograba pasar por encima de la red de trincheras, el enemigo perdería todas las ventajas que le daba combatir defendiendo y podría ser arrollado. Para conseguirlo, Nivelle contaba con una nueva táctica ofensiva consistente en que la infantería fuera avanzando a la vez que la artillería bombardeaba las posiciones enemigas unos pocos metros por delante de ella. De esta manera el asalto de la infantería llegaría a las posiciones defensoras poco después de haber cesado el fuego artillero sin dar tiempo a que los defensores se recuperaran.

El optimismo de Nivelle, del que participó también Lloyd George, ansioso de apuntarse algún éxito militar, no se extendió al nuevo ministro de la Guerra francés, George Painlevé, llegado al ministerio en marzo de 1917 tras la caída del Gobierno Briand. No obstante, el animoso jefe del Estado Mayor francés supo superar todas los obstáculos amenazando con dimitir y la ofensiva se puso en marcha. El 9 de abril los canadienses atacaron la cresta Vimy, en el sector británico de Arrás. El éxito fue fulgurante, aunque no explotaron la victoria por falta de flexibilidad en el plan y atenerse a su misión, la de distraer, renunciando a penetrar. El 16, en el sector de Saissons contra el Chemin des Dames, atacaron los franceses. Aquí, el fracaso fue estrepitoso. Donde calcularon avanzar siete u ocho millas, apenas lo hicieron una o dos. Donde esperaron tener escasas bajas, las tuvieron elevadísimas, perdiendo en muy poco tiempo más de 130.000 hombres. Donde pensaron avanzar detrás de los obuses de sus cañones, resultó que se retrasaron muchísimo por las dificultades del terreno y porque la artillería francesa, temerosa de bombardear a sus propias tropas, alejó sus objetivos a un ritmo mucho más veloz que el avance de sus soldados, de forma que, cuando llegaron los atacantes, los defensores ya se habían reorganizado. Donde quisieron romper el frente, apenas lograron ganar unas pocas millas de terreno. ¿Qué pasó?

Los historiadores ponen el acento en dos factores. Para empezar, la debilidad estratégica del saliente era tan evidente que, en marzo, los propios alemanes se retiraron a lo que se llamó la Línea Hindenburg, una línea de defensa mucho más sólida construida en la retaguardia con el fin de poder abandonar el saliente, demasiado difícil de defender. Además, los alemanes se prepararon bien para el asalto incrementando la profundidad de sus defensas hasta en cinco millas, haciendo imposible que las mismas pudieran ser superadas con las fuerzas de que disponían los franceses. Tras estos dos, hay un tercer factor al que los historiadores no prestan demasiada atención, la inteligencia alemana. Todo parece indicar que el Estado Mayor conocía a la perfección el plan francés. Sabían que el asalto en Arrás no era el principal y por eso no acudieron las reservas, lo que permitió a los canadienses tomar la cresta Vimy. Sabían que la táctica de Nivelle sería que la infantería seguiría a las bombas francesas y por eso, primero, abandonaron la primera línea, dejando apenas unos pocos nidos de ametralladoras, segundo, aumentaron la profundidad de las defensas y tercero, dispusieron las reservas lo suficientemente lejos como para que no pudieran ser alcanzadas por los obuses franceses antes de intervenir. No se sabe muy bien cómo llegaron a tener un conocimiento tan pormenorizado del plan, pero se sospecha de las indiscreciones de Nivelle durante una visita a Londres, de la publicidad dada a las discusiones en París con el ministro de la Guerra y de la incursión de una partida alemana tras las líneas enemigas. El caso es que fue este pormenorizado conocimiento el que provocó el fracaso y no los fallos que pudiera tener el plan.

Más allá de las consecuencias militares, la derrota de Nivelle tuvo otras importantes consecuencias. Entre los soldados que participaron en el asalto se produjeron numerosos motines, que luego fueron acompañados por huelgas de obreros en diversas ciudades. Es natural que las protestas se extendieran, en vista de unas inútiles ofensivas que se cobraban un altísimo peaje en vidas humanas. Fueron estas revueltas, más que la derrota militar en sí misma, las que hicieron que Nivelle fuera sustituido por otro héroe de Verdún, Philippe Pétain. El nuevo jefe del Estado Mayor impuso la disciplina con unos pocos palos y muchas zanahorias. Más de 3.000 soldados fueron sometidos a un consejo de guerra; de ellos, 500 fueron condenados a muerte, aunque tan sólo 50 llegaron a ser ejecutados. Además, se mejoró la calidad del rancho, se ampliaron los permisos y se limitaron las ofensivas, a la espera de que llegaran los norteamericanos. Algunos historiadores se muestran sorprendidos de que los alemanes no acertaran a aprovechar aquel mayo en que los franceses se negaron a luchar. No es una apreciación correcta. Los soldados alemanes estaban igual de cansados que los franceses de ofensivas que sólo servían para morir por nada. Por otra parte, el que los franceses se negaran a salir de las trincheras para asaltar las enemigas no quiere decir que no estuvieran dispuestos a defender las suyas si los alemanes hubieran decidido insensatamente pasar a la ofensiva. En definitiva, los alemanes hicieron con Francia lo mismo que con Rusia, esperar a ver si la crisis interna llevaba al enemigo a pedir la paz. Montar una ofensiva en plena crisis interna del enemigo sólo ayudaría a que la superaran para enfrentarse unidos al invasor. Resultó que la táctica de dejar que la crisis interna destruyera al enemigo sin interferir funcionó en Rusia, ya veremos cómo, y en Francia, no gracias a la mano izquierda de Pétain.

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