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Si el gesto es bello...

Nunca faltarán los omnicomprensivos que justificarán el terrorismo islámico por ser la justa respuesta de los oprimidos del mundo.

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Las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX fueron la época dorada del terrorismo anarquista, protagonizado por aquellos exaltados dedicados al asesinato de monarcas, gobernantes y burgueses para acelerar la llegada del luminoso futuro igualitario del que se creyeron generosos portadores. Su halo trágico y desesperado provocó que algunos ilustres literatos los introdujeran como protagonistas de sus novelas, como Daudet en Tartarín en los Alpes, Conrad en El agente secreto o Chesterton en El hombre que fue Jueves.

Se llevaron por delante varias testas coronadas, como Humberto I de Saboya y la emperatriz Sissi, y varios presidentes de gobierno, como el francés Sadi Carnot, el estadounidense McKinley y los españoles Cánovas, Dato y Canalejas. En España destacaron dos atentados por la cantidad de víctimas: el del Liceo de 1893, que causó veinte muertos, y el de Mateo Morral el día de la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia, que mató a veinticinco transeúntes en la calle Mayor.

Uno que consiguió convertirse en leyenda fue François Ravachol, autor en 1892 de varios atentados contra jueces y comisarías parisinas que no provocaron muertos pero sí muchos heridos y grandes daños materiales. Durante su proceso, justificó así sus acciones:

Si tomo la palabra no es para defenderme de los actos de los que se me acusa, ya que la sociedad, que por su organización pone a los hombres en continua lucha los unos contra los otros, es la única responsable.

Condenado a muerte, subió al cadalso cantando gallardamente:

Si quieres ser feliz, ¡me cago en Dios!, ahorca a tu jefe, parte a los curas en dos, ¡me cago en Dios!, derriba las iglesias, ¡sangre de Dios!, y tira a Dios a la mierda, ¡me cago en Dios!

Tanta fama logró que el músico y boticario pontevedrés Perfecto Feijoo bautizó en aquellos días a su papagayo con el nombre de Ravachol a causa de su irreverente vocabulario (el del papagayo, no el del boticario). Fallecido en 1913 de un empacho de bizcochos, el egregio plumífero gozó de un multitudinario funeral.

Para vengar la ejecución de Ravachol (el terrorista, no el papagayo), su correligionario Auguste Vaillant lanzó una bomba en la Cámara de Diputados con el resultado de cincuenta heridos, entre ellos él mismo, que vio cómo su nariz volaba por los aires. Pero antes de continuar con el anarquista Vaillant hemos de desviarnos un momento hacia el escritor igualmente anarquista Laurent Tailhade, célebre en sus días tanto por sus palabras como por sus hechos. El más sonado de éstos tuvo lugar el 15 de agosto de 1903 durante la fiesta de la Asunción en la localidad bretona de Camaret-sur-Mer, pues se le ocurrió verter el contenido de su orinal sobre la procesión religiosa que pasaba bajo la ventana de su hotel. Dos días después, los gendarmes las pasaron canutas para evitar que un par de miles de paisanos lo tiraran al mar. Por lo que se refiere a sus palabras, de las muchas que escribió sólo han pasado a la posteridad las que dedicó al atentado de Vaillant: "¡Qué importan las víctimas si el gesto es bello!".

He aquí las dos claves de la actitud de tantos contemporáneos, españoles y extranjeros, ante los atentados terroristas. En primer lugar, las palabras de un Ravachol acusando a la sociedad de ser la culpable de los crímenes que había cometido él. Y en segundo, las de un Tailhade despreciando el dolor de las víctimas y admirando el hecho delictivo por considerarlo justo.

De la coyunda entre estas dos perversiones morales nace la incurable atracción que muchos de esos que se llaman a sí mismos progresistas experimentan hacia cualquier tipo de terrorista –por motivos supuestamente nacionales, sociales o religiosos–, pues según parece gozan de la presunción de altruismo por su desinteresada lucha contra la opresión. Ejemplo eminente de esto ha sido, y en buena medida sigue siendo, la simpatía que la izquierda española, mayoritariamente, sintió hacia los terroristas nacionalistas vascos, "esos muchachotes que nos están trayendo la democracia". Además, una vez llegada ésta, la percepción no cambió mucho, pues al fin y al cabo los etarras mataban sobre todo a policías, guardias civiles y militares, agentes de la opresión que llevan el riesgo en el sueldo. Otra cosa fue que en un momento dado pasaran a matar a políticos, sobre todo a socialistas. Eso ya empezó a ser inaceptable. Lo mismo sucede hoy, aunque los actores del drama hayan cambiado el guión, pero nunca faltarán los omnicomprensivos que justificarán el terrorismo islámico por ser la justa respuesta de los oprimidos del mundo contra los opresores Estados Unidos, el opresor Capitalismo, el opresor Cristianismo, la opresora Europa, el opresor Occidente o cualquier otra variante de la misma opresión.

En cuanto a las víctimas, si pertenecen al ámbito ideológico de la izquierda son merecedoras de la solidaridad y la indignación universales, como acaba de demostrarse en las calles de París. Pero si, en vez de en un periódico izquierdista de tradición anarquista como Charlie Hebdo, los periodistas asesinados hubiesen trabajado, por ejemplo, en uno de la órbita del apestado Front National, presentado estos días como el culpable de todo, ¿la reacción de público, prensa y políticos habría sido la misma? En eso los españoles somos expertos: "Algo habrán hecho". Su muerte y el dolor de los suyos habrían pasado desapercibidos ante la justicia –la belleza, habría dicho Tailhade– del hecho criminal; perdón, de la ejecución; perdón, de la respuesta; perdón, de la lucha armada.

Pocos meses después de su hermosa declaración, el anarquista caviar Laurent Tailhade se encontraba cenando en un elegante restaurante parisino. Una bomba, colocada en un tiesto por un correligionario suyo, estalló e hirió gravemente a varios comensales. A Tailhade, entre otras heridas, le reventó un ojo. Tardó dos meses en salir del hospital.

Si el gesto es bello…

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