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Las letrinas ancestrales

El novelista Piñol volvó el otro día sobre sus lectores un cubo lleno de mierda.

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Procuro no utilizar palabras malsonantes en mis artículos, no por pudibundez, ya que las empleo normalmente en mis conversaciones, sino porque prefiero hurgar en la riqueza de nuestro idioma para encontrar la forma de expresar rotundamente mi cólera o mi indignación. Pero la lectura del artículo "¡Sí al museo militar!", del novelista Albert Sánchez Piñol (La Vanguardia, 15/2), agotó el caudal de mi vocabulario culto. Sólo me ha dejado la alternativa de definir su contenido como un cubo lleno de mierda. Mierda extraída de las letrinas ancestrales y vertida en un mensaje de odio contra el ejército de España y, simultáneamente, contra toda España. Esa España a la que vendió la primera edición de su mamotreto proselitista, disfrazado de ficción histórica, en la lengua castellana que está ilegalmente vetada en las escuelas públicas de Cataluña.

Novelista atrabiliario

Experto en la búsqueda de pretextos arcaicos para excitar pasiones fratricidas que, trasladadas a la ficción, son harto lucrativas, Sáenz Piñol hurga en los vertederos de la historia para compilar un catálogo de agresiones perpetradas por jefes militares españoles de tiempos lejanos contra Cataluña y, sobre todo, contra Barcelona. Lo que pretende es ridiculizar la propuesta de crear un nuevo Museo Militar en Barcelona, formulada por el inspector general del ejército, general Ricardo Álvarez-Espejo. Como denuncia Francesc Granell (LV, 19/2) en una razonada réplica al novelista atrabiliario, el anterior, instalado en el castillo de Montjuïc,

fue desmontado y sus colecciones (inventariadas por el propio Ayuntamiento) dispersadas por la presión de grupos políticos de ideas antimilitaristas que confundieron el ejército con la dictadura franquista, ignorando las funciones de los ejércitos de hoy, en pro de la seguridad y hasta del desarrollo tecnológico.

¿Es necesario recordar que las Fuerzas Armadas españolas están cumpliendo, junto con sus aliadas de la OTAN, peligrosas misiones de pacificación y antiterrorismo en Afganistán, Líbano, Bosnia-Herzegovina, las costas de Somalia; en Uganda, Mali, República Centroafricana y el Cuerno de África? ¿Y que 168 militares españoles han perdido la vida en esas misiones humanitarias? El ejército también es –y esto no lo soportan ni los nostálgicos de Al Ándalus ni los del siglo XVIII– el garante de la soberanía y la integridad de España.

Museo de horrores

Sánchez Piñol, cuyo cuello –como el de todos nosotros– está protegido de las cimitarras yihadistas por estas Fuerzas Armadas, aprueba, sarcásticamente, la idea de crear el nuevo museo, pero con el fin de exhibir en él toda la mierda seleccionada por quienes, con una visión sectaria y maniquea de la historia, aspiran a satisfacer sus instintos primarios asistiendo a la repetición de contiendas anacrónicas. Vaya, un museo de horrores, réplica gore del burdo tinglado del Born. Escribe el secesionista usufructuario del revanchismo, siempre prudentemente parapetado, por si acaso, tras el escudo protector del sistema español de defensa que él agravia:

Difícilmente encontraríamos otro caso de una urbe bombardeada tantas veces, y tan salvajemente, por el mismo ejército que supuestamente tenía que defenderla.

El cubo de mierda de la historia está repleto de choques cainitas y de guerras interiores y exteriores que sirven como coartada a todos aquellos que buscan pretextos para la venganza o el irredentismo. Los sembradores de odio podrían remontarse, en España, a las legiones romanas (o a los bombardeos de los aviones de Mussolini) para pedir cuentas a Italia, y seguir a continuación con los descendientes de los invasores visigodos, árabes, franceses, ingleses, o de los patriotas filipinos y latinoamericanos, de los pilotos de la Luftwaffe y de los comisarios soviéticos. En verdad, no sólo España podría estar en guerra perpetua con todos los que la invadieron o la esquilmaron u ofendieron su buen nombre y honor. La guerra perpetua debería ser el estado natural de la vida en el mundo si todos los memoriosos ventilaran los rencores acumulados en sus letrinas ancestrales como lo hace el novelista atrabiliario. O como lo hacen aún hoy los bárbaros chiíes y suníes, enfrentados entre ellos por la descendencia de su Profeta.

Fobia antiespañola

¿Y qué decir de la fractura de Cataluña, desgarrada desde tiempos inmemoriales por guerras civiles resueltas con un buen golpe de hoz? O por guerras entre ejércitos extranjeros a los que se sumaron los catalanes, en uno y otro bando. Por ejemplo, catalanes austracistas contra catalanes borbonistas. Nos lo recuerda Miquel Escudero (Crónica Global, 18/2), citando a Ricardo García Cárcel:

La Cataluña borbónica no fue tan minoritaria como la historiografía nacionalista ha defendido. "Cervera, Berga, Manlleu, Ripoll, Centelles fueron siempre borbónicas, y las fluctuaciones de las grandes ciudades catalanas fueron constantes a lo largo de la guerra. Sólo Barcelona fue siempre austracista. El austracismo castellano tampoco podemos minimizarlo. Granada, Murcia, Santander y La Coruña tuvieron importantes focos austracistas. De la Barcelona borbónica de 1705 tomada por los austracistas salieron nueve mil borbónicos".

Francesc Granell también contradice en su artículo ya citado los argumentos de los antimilitaristas: Cataluña tuvo una importante industria de guerra; dio militares de prestigio como Gaspar de Portolà, primer gobernador de California, Joan Prim o el primer presidente de la Generalitat restaurada, Francesc Macià. Los griegos todavía abominan de las depredaciones de los guerreros almogávares encabezados por Roger de Flor, y Jaime I no dejó rencorosos en Mallorca porque los colonizadores aragoneses y catalanes que llevó consigo exterminaron o expulsaron a todos sus antiguos habitantes. Eso sí, el callejero de Barcelona homenajea a Roger de Flor, los almogávares y Jaime I el Conquistador mal que les pese a los hipotéticos descendientes de sus víctimas.

Rehenes del adoctrinamiento escolar

La otra cara de la moneda la encontramos en la población leridana de Talarn, cuyos habitantes, catalanes de pura cepa, se movilizaron todos a una para defender la permanencia de la Academia de Suboficiales del ejército de España, porque es esta, y no las fantasías desquiciantes de Sánchez Piñol y sus cofrades secesionistas, la que da vida a la comarca. ¿Acaso los talarneses son botiflers como Francesc Ametller i Perer, que colaboró en la redacción del decreto de Nueva Planta, o como Pere Anton Veciana i Rabassa, leal partidario de Felipe V y fundador de los Mossos d'Esquadra, un cuerpo creado inicialmente para combatir a los bandoleros austracistas rezagados? Y quien desee abordar este tema con objetividad deberá leer sin falta el muy documentado estudio Els botiflers, 1705-1714, de Núria Sales (Rafael Dalmau, Editor, 1999), que, sin apartarse de la línea de pensamiento estrictamente catalanista, demuele las insidias con que el agitprop de las letrinas envenena a los ciudadanos y, lo que es peor, a los niños y jóvenes rehenes del adoctrinamiento escolar.

Sería didáctico, en fin, que cuando Sánchez Piñol llegue al fondo del cubo de mierda y se encuentre con los catalanes que durante la guerra incivil se masacraban los unos a los otros, tanto cuando los proletarios asesinaban a curas y burgueses como cuando los proletarios estalinistas, trotskistas y anarquistas se mataban entre ellos, sepa urdir, con estas heces, y con abundancia de paseos y chekas, una novela tan lucrativa, y mucho más veraz y próxima, que la que explota la mitología de 1714 para estimular la fobia antiespañola del colectivo secesionista.

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