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Cuba de cabo a rabo

La modernidad tiene en la figura de Immanuel Kant el prototipo de filósofo cobarde.

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Sebastián Pineda Buitrago, un excelente humanista colombiano, me hace llegar una crónica de Gabriel García Márquez sobre Cuba, escrita en 1975 para la revista Alternativa de Bogotá. Obviamente es un canto al régimen tiránico de Castro: una reducción a realismo mágico del sistema socialista de la isla. Basta una cita in extenso, dice mi amigo, de la crónica del novelista para darse cuenta de esa faena ideológica. Ahí va:

La cruda verdad, señoras y señores, es que en la Cuba de hoy no hay un solo desempleado, ni un niño sin escuela, ni un solo ser humano sin zapatos, sin vivienda y sin sus tres comidas al día, no hay mendigos ni analfabetos, ni nadie de cualquier edad que no disponga de asistencia médica oportuna y gratuita, y medicina gratis y servicios hospitalarios gratuitos a cualquier nivel, ni hay un solo caso de paludismo, tétanos, poleomielitis o viruela, y no hay prostitución, ni vagancia, ni raterismo, ni privilegios individuales, ni represión policial, ni discriminación de ninguna índole por ningún motivo, ni hay nadie que no tenga la posibilidad inmediata de hacer valer esos derechos mediante mecanismos de protesta y reclamo que llegan sin tropiezo hasta donde tienen que llegar, inclusive a los niveles más altos de la dirección del Estado. Esta realidad deslumbrante no la conozco a fondo porque me la contaron, sino porque acabo de recorrer Cuba de cabo a rabo, en un viaje extenso en que nada de interés se me quedó por escudriñar.

Es tan falsa como terrible la crónica de García Márquez. Y, sin embargo, comparada con las declaraciones que han hecho algunos intelectuales estos días, puede parecernos solo un crimen de guante blanco, o sea, una pérdida de tiempo que es el bien más escaso de los humanos. ¿De dónde vendrá esta fascinación por el mal que tienen ciertos escritores? No lo sé, pero no deja de ser inquietante la extraña relación que la mayoría de los intelectuales han mantenido con la política de su tiempo en general, y con los poderes establecidos en particular. Kant es todo un ejemplo, especialmente entre los pensadores políticos de la modernidad, de comportamiento con los poderosos de su tiempo. Kant conocía bien la historia de Sócrates y su trágico final. Fue consciente de que la filosofía es una profesión de alto riesgo. Sócrates, que fue el inventor del oficio, murió asesinado por ejercerla hasta sus últimas consecuencias. Desde entonces, desde la muerte de Sócrates por ejercer con coraje su profesión, el filósofo se ha escondido para no correr tales riesgos. Quizá, por eso, el oficio de filósofo se ha convertido en una profesión de cobardes. O, si quieren decirlo más suavemente, de emboscados. Esta regla se confirma con excepciones relevantes. Son pocas a lo largo de la historia, menos aún dentro de una época, y extrañísimas en el período de una generación. El filósofo valiente es una excepción. Lo normal es el tipo asustadizo, remiso y acobardado.

La modernidad tiene en la figura de Immanuel Kant el prototipo de filósofo cobarde. Pareciera que la vida del filósofo Kant va por un lado y la obra por otro muy diferente. Pensamiento y vida no se equiparan. Por eso, precisamente, Kant no soportaba el pensamiento clásico y menos aún a los estoicos: nunca hizo de la necesidad, como hicieron los grandes filósofos griegos o romanos, virtud; nunca halló lo mejor de lo real, sino que pretendió legislar hasta la necesidad, la realidad es lo que nosotros ponemos en ella, en fin, la moral no existe sino es lo que pone en ella la ética del propio Kant. Terrible. El cobarde Kant se sometía al poderoso, se ponía a sus órdenes como un siervo, pero escribía Críticas, filosofías, quizá para que otros no imitaran su servil comportamiento. Su vida no era ejemplar sino como aprendizaje negativo: no imitemos al servil Kant. La vida del filósofo y su filosofía van por caminos diferentes. ¡Extraño! Sea como fuere, y más allá de la valoración que nos merezca el comportamiento de Kant ante el poder establecido, hemos de concluir que marcó una tendencia que aún hoy es difícil de superar intelectual y psíquicamente. De aquellos polvos, como suele decir el vulgo, estos lodos.

Está en lo cierto Gabriel Albiac, cuando, a propósito de la polémica entre Constant y Kant "sobre si hay o no un derecho a mentir", dice: "Sí, frente al gran Kant que yerra y abre así un camino trágico, el pequeño Constant dice lo cierto: mentir no es derecho; es potestad". Son millones de cubanos los que están ejerciendo esa potestad contra el régimen tiránico de los Castro. Siguen a los millones de ciudadanos que, como Constant, mintieron para no ser guillotinados en tiempos de la Revolución francesa. A los cubanos no les queda otro derecho que la mentira. Kant se equivocó y los kantianos de hoy, que los hay por todas partes, vuelven a equivocarse. Miren a Cuba: o mienten o los encierran. O mienten o corren peligros sus vidas. O mienten o los matan. La mentira en Cuba es la única potestad de los cubanos.

El camino abierto por Kant, amigo Gabriel, fue, en efecto, trágico y, por desgracia, ya ha sido transitado por millones de seres humanos. Nunca lo olvidemos ese camino comienza con el idealismo kantiano y termina en los campos de concentración y, previamente, ha pasado por todos los estadios de la revolución y la contrarrevolución. Nadie como Ortega, en los años veinte y treinta del pasado siglo, denunció su origen idealista: "He aquí lo que yo llamo una filosofía de vikingo. Cuando a lo que es se opone patéticamente lo que debe ser, recelemos siempre que tras éste se oculta un humano, demasiado humano yo quiero". A pesar de los esfuerzos de los kantianos por blanquear los orígenes oscuros de ese terrible camino, parece que es innegable la utilización de la universalidad para someter al individuo. En el mundo de los tiranos, donde abundan los defensores del comunismo, siempre se asesina a hombres de carne y hueso en nombre de la humanidad. Es el imperativo universal de las tiranías contemporáneas.

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