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Agapito Maestre

El gran maestro

Nadie, ay, puede igualarse a Ortega a la hora de teorizar y defender la democracia en nuestra época. Pero, ay, nadie en España ha recibido más reproches, agravios y calumnias.

Agapito Maestre
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Nadie, ay, puede igualarse a Ortega a la hora de teorizar y defender la democracia en nuestra época. Pero, ay, nadie en España ha recibido más reproches, agravios y calumnias.
José Ortega y Gasset. | Cordon Press

Mi amigo Ciriaco Morón Arroyo, durante más de treinta años profesor de Cornell, una de las universidades más serias de USA, me escribe una carta llena de ironía. Me recuerda que el estado de alarma comenzó el 25 de octubre y se levantará el 9 de mayo, el mismo día que nació Ortega y Gasset. ¡Quizá pudiéramos interpretar ese gesto como un homenaje al filósofo más inteligente de España! Lo dudo. En todo caso, esa fecha del 9 de mayo, inolvidable para quienes admiramos al mayor crítico del totalitarismo del siglo XX, es un buen pretexto para pensar las grandes contribuciones de Ortega al pensamiento de nuestra época. Era el principal cometido de la misiva de mi amigo, quien escribió, allá por 1968, un libro importante sobre Ortega: El sistema de Ortega y Gasset. Múltiples y profundos son los hallazgos de Ciriaco sobre Ortega. Recojo tres definitivos para aquí y ahora: su crítica a los de la Generación del 98 por subjetivistas e indisciplinados a la hora de pensar sobre la situación de España en el mundo, su idea de Europa y la ciencia y, finalmente, su defensa de la democracia liberal.

Nadie, ay, puede igualarse a Ortega a la hora de teorizar y defender la democracia en nuestra época. Pero, ay, nadie en España ha recibido más reproches, agravios y calumnias que Ortega por un supuesta colaboración con los socialistas, por un lado, o con los fascistas, por otro. Siempre hay algún pelagato intelectual en España dispuesto a calumniar a Ortega. En los últimos tiempos, no dejo de escuchar la bobada de que fue algo así como un protosocialista, alguien que coadyuvó, consciente o inconscientemente, con su pensamiento y su acción política, a la instalación de un tipo de socialismo totalitario en España. La cosa no tiene un pase ni una crítica. Es sencillamente falso.

Porque Ortega es el mayor crítico de la revolución que ha dado Occidente, es decir, el crítico más refinado a la politización integral de la existencia, nadie puede acusarle de fascista o comunista, es decir, de potenciar un espíritu revolucionario. Porque Ortega fue un demócrata radical, es decir, alguien no dispuesto jamás a conceder nada a quien confunde la realidad con sus deseos, criticó el espíritu revolucionario, hoy lo llamaríamos frívolo y totalitario, “que intenta utópicamente hacer que las cosas sean lo que nunca podrán ser ni tienen por qué ser”. Ortega jamás claudicó ante la utopía y, como un Píndaro de hoy, no tuvo otro principio ético mejor que: llega a ser el que eres. Porque la gran contribución de Ortega al pensamiento occidental no es otra que la vinculación de su crítica al idealismo con la crítica a la revolución, y viceversa, digo que es falso, una vulgar mentira, asociar el pensamiento y la acción política de Ortega a cualquier ideología de corte totalitario.

Nadie, pues, confunda la parte con el todo, es decir, una brevísima relación entre la Agrupación al Servicio de la República, a la que pertenecía Ortega, y el PSOE, durante los primeros meses de la Segunda República, nada dice contra el liberalismo de Ortega. Pero, por desgracia, no es eso lo más grave, sino la expresa voluntad de no leerlo, de no quererlo entender, en fin, de despreciarlo. Sí, hoy, Ortega no pinta nada en España. Está fuera de cualquier agenda cultural y política de nuestro país. Trágico es que el mayor pensador de la democracia apenas interese a nadie, en España, salvo para adornase con alguna de sus citas los días festivos. Sobre esa tragedia he escrito varios libros. Perdóneme, querido lector, que cite los dos últimos: Ortega. El gran maestro (Almuzara) y Entretelas de España. Meditaciones sobre una nación moribunda (Unión Editorial).

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