
El día que enterramos a Raúl del Pozo cumplí quince años en Libertad Digital. Llegué al periódico de mi vida mientras estudiaba cuarto de Periodismo en la Complutense. Menos barrigón, con la misma masa capilar –Deo gratias– y más progre. Con el ímpetu de un argonauta en busca del vellocino de oro. Entonces pensaba, como García Márquez, que el periodismo es el mejor oficio del mundo; ahora, que frecuento la cofradía del desencanto y de la resignación, parafraseando a Cánovas, creo que soy periodista porque no puedo ser otra cosa.
Para mí, LD y Raúl han sido unos campamentos base no ya fabulosos, sino indispensables, vitales. Di mis primeros pasos como becario metiendo entradas en un última hora sobre Fukushima, al ritmo del "Suspiros de España" que interpretaba Carmen Jara para despedir aquel especial de Es la mañana de Federico. Cuando acabé la carrera, mientras algunos compañeros escapaban del averno laboral patrio marchando a Londres para servir copas, o a Dublín para limpiarle el culo a un octogenario, la casa me dijo oficialmente ven y rubriqué un unicornio, o sea, un contrato indefinido. Y aquí sigo, agradecido en mayúsculas.
Por su parte, al maestro de Cuenca me lo presentó el columnista Jesús Nieto Jurado, discípulo de Umbral y heredero de Sawa, el 9 de agosto de 2013. Raúl y yo nos hicimos muy amigos. No he conocido a ningún otro colega de profesión tan generoso. Este miércoles, le lloraba con José Mota, que me decía: "Raúl ponía todo su conocimiento y su inteligencia al servicio de la bonhomía". Amén.
El genial humorista manchego y yo somos amigos gracias al autor de Noche de tahúres. Desde el punto de vista etimológico, Raúl era un sumo pontífice: hacía puentes. Tenía un olfato increíble para unir a afines que, cuando pasaban por su aduana espléndida y selecta, metamorfoseaban de desconocidos a compadres. En este sentido, no entendía de clases, ideologías o edades. Creía en la amistad y en el talento. Punto. Y los avivaba. Conjugaba como ningún otro en presente de indicativo el verbo ayudar en un ecosistema infestado de cabrones. En las antípodas del buitre, de la hiena y de la víbora, asomaba Raúl. Frente al puñal, el bombón envenenado y la mina antipersona, muchos hallábamos su mano tendida.
Raúl fallece e, inevitablemente, uno se pone trascendente, mira por el retrovisor de su currículum, recuerda que soñaba y ve cumplidos y superados no pocos sueños: crucé media España para entrevistar a Jesús Quintero; me fui de gira con Bunbury; traje a Robe Iniesta al periódico de Federico; escribí un libro sobre el diario Pueblo por encargo de Arturo Pérez-Reverte; casi sufrí un accidente de tráfico con Antonio Escohotado; asistí al funeral parlamentario de Pablo Casado un 23-F, etcétera. Así, cuando la vocación se torna tísica y ceniza, como reflejada en un espejo del Callejón del Gato, invoco al espíritu de Raúl para no desfallecer; para no dejarme llevar por la corriente, como los peces muertos; para recordar que el mundo nuestro no es sólo una alberca de bilis donde triunfan los mafiosos, los arribistas o la reencarnación tertulianoide de los frikis de Cárdenas, y que, diga lo que diga Google, no hay nada más sagrado que la propia firma.
Seguiré demostrándolo en LD, mi casa, insisto, desde hace quince años. Consciente, como me enseñó el maestro, de que "cada día hay que intentar ser el mejor para acabar siendo uno de tantos".
