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Juan Manuel González

Buried: Enterrado vivo estás más guapo

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El infierno es todo un campo abonado para caramelos cinematográficos. Desde Hitchcock hasta Tarantino y aquel capítulo de CSI, muchos pueden haber sido los referentes del español Rodrigo Cortés a la hora de confeccionar Buried (Enterrado). Un thriller inaudito dentro del panorama del cine español, no sólo por su arriesgado planteamiento argumental y su masiva distribución en todo el mundo, incluido EEUU. También porque el resultado final supera todas las expectativas.

Paul Conroy (Ryan Reynolds), contratista civil en Irak, se despierta enterrado vivo en un ataúd de madera. Tiene el tiempo en contra y a su disposición, apenas un móvil con la batería a medio cargar y su propia tenacidad.... Con estos elementos, más propios de un cortometraje o un capítulo televisivo, Cortés libra un tour de force consigo mismo y con el hábil guión de Chris Sparling, y lo cierto es que sale victorioso en casi todo. Sin que el estilo visual se sobreponga en ningún momento a las limitaciones de la historia, éste se adapta a la misma a la perfección y ofrece dinamismo y tensión a raudales. Buried es una de esas películas que marcan sus propias reglas desde el minuto primero, aunque eso signifique reducir su premisa a lo básico..

Y lo hace encadenando situaciones de thriller a la velocidad del rayo, como si sus autoimpuestas restricciones no fueran con ella, superando las implacables limitaciones de la historia, haciendo de la necesidad virtud y prolongando el interés hasta el final. En Buried ocurre, en definitiva, todo lo que ocurriría en una cinta bélica desarrollada en las calles iraquíes. Se consigue que el ataúd donde se desarrolla toda la acción acabe reducido a una fenomenal y suicida argucia de una película agobiante, bien desarrollada y por encima de todo, diabólicamente entretenida.

Pero cuando toca apretarse el cinturón del dramatismo, la película también funciona. Buried es un tirón de orejas a todos los lados y bandos de una contienda, la de Irak, evocada aquí como un horizonte fuera de campo en la cual la vida de un individuo ni siquiera cuenta. Cortés acierta también al manejar este elemento a modo de un macguffin que da humanidad al relato, pero sin hacer propaganda. Y para todo ello se sirve de Ryan Reynolds, intérprete norteamericano que ya está de camino al estrellato y que aquí está absolutamente entregado. El actor logra aquí el mejor trabajo de su carrera, retratando con carisma e intensidad la fragilidad existencial de Paul Conroy, en la que probablemente más de uno se va a ver reflejado.

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