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Juan Manuel González

Déjame entrar: Remakes y vampiros

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La película sueca Déjame entrar se alzó hace menos de dos años no sólo como el mayor hito moderno del cine vampírico, sino como una de las películas más incuestionablemente bellas y poéticas del cine reciente. Su director, Tomas Alfredson, utilizó la novela de John Ajvide Lindqvist para presentar un sombrío retrato de la infancia, y en última instancia una película de vampiros alejada de las idioteces de Crepúsculo.

Ahora, Matt Reeves, director de la apreciable Monstruoso, demuestra ser tan buen copista como cineasta. La nueva versión de Déjame entrar es un filme respetuoso con su precursor, del cual es casi una mimesis. Si algo funciona, no lo cambies, parece haber pensado. Por eso, conserva del original todo lo esencial, algo que le ha valido las críticas de muchos, probablemente de los mismos que la rechazarían con ardor si no hubiera sido preservado. ¿Significa esa falta de riesgo que estamos ante una mala película? ¿Significa que los que los críticos con la película están equivocados? En absoluto, en ambos casos...

Lo cierto es que la práctica del remake no es ni nueva ni tan funesta como parece, por mucho que en ocasiones delate el nulo interés de la industria por correr riesgos. Reeves ha optado por utilizar como base la película de Alfredson más que la novela de Lindqvist, de modo que la nueva Déjame entrar funciona, simplemente, porque la anterior película era rematadamente buena. No se ha adaptado el material literario para elaborar una versión realmente novedosa, sino que se ha optado por la vía de la, en ocasiones, excesivamente vilipendiada práctica del remake. El caso es que sea como fuere aquí está la película, y que la historia de los dos jóvenes Romeo y Julieta infantiles vuelve a capturar desde el primer fotograma.

Reeves consigue reproducir la misma sensación de aislamiento y soledad del filme sueco, de nuevo impresa en todos los instantes de la historia. Por mucho que el director insista más de lo necesario en ubicarnos en la América de Reagan (quizá tratando de buscar significados nuevos en el enclave geográfico), o que cuente parte de la historia en forma de flashback, y que perdamos algo de la capacidad de sugerencia del original (como en ese momento en el que Owen llama a su padre para preguntarle si el mal existe, por otro lado extraordinariamente interpretado por Kodi Smit-McPhee), Déjame entrar sigue siendo una historia bella y poética, terrible y tierna a la vez. El filme no desdramatiza los sucesos que ocurren en pantalla y conserva su misterio, y logra incluso ser más ágil y acompasada, aunque es cierto que la imitación del filme de Alfredson desdibuja un ápice la sustancia de la película.

Pero Reeves tiene la decencia y el buen gusto de preservar de forma respetuosa las claves y el tono de la historia, de comprenderla, por mucho que ésta hubiera sido hecha antes. Los niños Kodi Smit-McPhee (visto en La carretera) y Chloe Moretz están brillantes en cada plano. Y Reeves ha reforzado algunas de las virtudes de la original utilizando una portentosa y sutil música, obra de Michael Giacchino, y potenciando la virulencia de los ataques vampíricos, como ese que tiene lugar dentro de un coche en la gasolinera y que resulta fundamental para la historia. En esto último hay que subrayar que sí salimos ganando.

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