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Juan Manuel González

‘Sin Compromiso’: quien tiene un amigo (con derecho a roce) tiene un tesoro

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Ivan Reitman buscar revalidarse en la taquilla con una comedia romántica al uso que no se molesta lo más mínimo en aportar novedades, pero que al menos se muestra relativamente inspirada en algunos puntos y cuenta con una pareja protagonista ciertamente llamativa. Sin Compromiso promete una historia de humor, romanticismo y algo de sexo -muy poco, les adelantamos: para eso tendrán que alquilar la reciente Amor y otras drogas- que pronto se decanta por el lado de la sacarina.

Sin compromiso narra la historia de dos amigos de la adolescencia que deciden embarcarse en una aventura meramente sexual, sin ningún tipo de compromiso.... Al contrario de lo que suele ser habitual en este tipo de producciones, ella es poco partidaria de las relaciones duraderas, mientras que él ejercerá el papel de romántico incurable. ¿Serán capaces de mantener la compostura o acabarán enamorándose?

Si Sin compromiso destaca por algo, es un decir, es por la presencia de una Natalie Portman que pasea su privilegiado y menudo porte por la cinta y consigue insuflar encanto a un personaje que, en el fondo, no tiene demasiada gracia. Portman, no por casualidad también productora, ha elegido a dedo como partenaire a Ashton Kutcher, un simpático actor que posee un único registro pero con cierta habilidad para explotar esa faceta bobalicona que tan buen resultado da en el género. Entre ambos sí surge ocasionalmente esa chispa de vitalidad que envuelve las mejores muestras de la devaluada comedia romántica norteamericana.

El que fuera realizador de taquillazos ochenteros como Los Cazafantasmas y El pelotón chiflado trata de equilibrar humor más o menos grueso (con momentos tan afortunados como aquel en el que Adam despierta desnudo en el piso de Emma, lo que da inicio a su relación) y el componente romántico de la cinta, y lo cierto es que lo logra en algunos momentos (como en la larga secuencia de la primera cita entre ambos, que tiene lugar muy avanzado el metraje, o el momento en el que Adam le regala a ésta un globo). No obstante, el resto del metraje se limita a seguir la fórmula más genérica confiando en exceso en que los secundarios, encabezados en esta ocasión por un divertido Kevin Kline, le animen la función.

Reitman, que parecía una apuesta relativamente acertada, no está especialmente inspirado en el montaje, que lejos de exprimir de forma certera el timing cómico de algunas situaciones, prolonga escenas y diálogos sin demasiado sentido y alarga la duración de la cinta de forma innecesaria hasta más allá de los cien minutos. No obstante, hay que reconocerle su condición de artesano de los de hace dos décadas, con esa habilidad para poner en escena de forma apacible diversas situaciones sin recurrir al primer plano ni picar excesivamente el montaje. Quizá este elemento, y el agradable entorno californiano de la cinta, sean las mayores bazas de la misma, aunque no deja de ser triste que estos elementos sean los que se impongan por encima de la historia.

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