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Juan Manuel González

‘Soy el número cuatro’: Crepúsculo con marcianos

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Soy el número cuatro adapta la novela juvenil de Pittacus Lore en una aparatosa fantasía de ciencia ficción y romance realizada a modo de sucedáneo de la saga Crepúsculo, el nuevo puntal de Hollywood de cara al género de producciones juveniles. Sólo que esta vez con muchos más efectos visuales...

D. J. Caruso dirige la función como si de un thriller se tratase, tratando de acotar la fantasía a los pasillos de un instituto, llenando la acción de canciones que apagan la banda sonora original, y moviendo la cámara como si de un discípulo despistado de Michael Bay se tratase. Bay, realizador de la saga Transformers o la estupenda La Roca -y que, no por casualidad, ejerce de productor de Soy el número cuatro- ha revolucionado el género gracias a su apresurado e histérico estilo visual, repleto de color y altas dosis de ruido, haga o no falta... elementos que en sus mejores películas aparecen perfectamente equilibrados.

No es el caso de Soy el número cuatro. Dejando de lado su casi total ausencia de sentido del humor –y de la vergüenza-, uno de los principales problemas del filme es su reparto. En lugar de optar por caras entrañables como el cine juvenil de los ochenta -¿dónde está Shia LaBeouf cuando se le necesita?-, Caruso ha elegido a efebos pétreos de caras perfectas e inexpresivas, de esos que pueblan las abundantes series de televisión juveniles actuales. Alex Pettyfer o Diana Agron se pasean por la cinta sin ser conscientes de que, además de parecer demasiado adultos como para interpretar a confusos adolescentes, su labor en el filme se limita a tratar de poner posturas de moderada rebeldía. Tan solo la impresionante Teresa Palmer (vista en la superior El aprendiz de brujo) y el excesivo Timothy Olyphant parecen tomarse el asunto con la necesaria guasa.

Lastrada por una eterna sucesión de diálogos inútiles y situaciones vacías, la verdadera historia no es que comience a los cuarenta y cinco minutos de cinta... lo hace casi a los noventa. Caruso no puede echar el resto con la acción, atado de pies y manos por una trama de instituto inane y por la calificación por edades. En algunos momentos, el director parece desear incrementar la violencia para una audiencia más adulta, pero le vence el escaso atrevimiento. Al menos, cuando la pura acción se desencadena, Soy el número cuatro compensa parte de sus defectos... siempre que busquemos combates de luces y colores. Aunque si eran esas las verdaderas intenciones, cabe preguntarse por qué tarda casi hora y media en presentarse.

De haber sido confeccionada en los ochenta, época privilegiada para este tipo de producciones, Soy el número cuatro habría sido, por ejemplo, D.A.R.Y.L., que dirigió Simon Wincer en 1986. Es decir, un filme que probablemente no era ninguna maravilla, pero que estaba protagonizado por personajes que parecían medianamente de carne y hueso.

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