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Juan Manuel González

'Agua para elefantes'... cacahuetes para los demás

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Hay varios aspectos en Agua para elefantes que consiguen hacer la película más interesante que el resto de melodramas románticos recientes. No me interpreten mal: la película que ha dirigido Francis Lawrence es convencional, previsible y melodramática a más no poder, y no hay asomo de sorpresa alguna durante la misma, pero el interés de su director por narrar una historia de iniciación (la del joven Jacob, interpretado con inesperada solvencia por Robert Pattinson) y el retrato melancólico y cariñoso de un mundo, el del circo, en el que todo sucede, otorga a la película una pátina de interés y sensaciones que van más allá de complacer a las masas adolescentes deseosas de ver un nuevo Crepúsculo.

El equipo que hay detrás de la película daba pie a ello. El director Francis Lawrence (Soy Leyenda) proviene del vídeo musical y el cine fantástico, y su gusto por lo puramente visual se filtra en el preciosismo pictórico de sus imágenes y el logrado poder evocador de la cinta, que trata de ir más allá de lo meramente estético. La música de James Newton Howard, uno de esos compositores heterogéneos y tradicionales pero capaces de renovarse a sí mismos, y el reparto al completo de la cinta, logran que ésta sea de lo más eficiente pese a su enorme previsibilidad. Lawrence sabe que un buen villano es lo mejor para impulsar la historia, y cuenta con un Christoph Waltz igual de amenazante y entregado que en Malditos bastardos, donde interpretó el memorable papel de nazi Hans Landa. También nos introduce en la misma rematadamente bien gracias a la ayuda de Hal Hoolbrook, que interpreta a Jacob como anciano, y que en apenas cinco minutos de aparición consigue otorgar corazón a la odisea.

Desgraciadamente, lo que Lawrence ni el guionista Richard Lagravenese (Los puentes de Madison, El hombre que susurraba a los caballos) pueden solventar es el escaso impacto del triángulo amoroso que sostiene la película, pese a la buena labor de sus intérpretes (e incluyo, repito, a Robert Pattinson, más natural y menos insoportable que en la saga Crepúsculo). El armazón de Agua para elefantes es tan fácil de pronosticar en su desarrollo que el público medianamente entrenado sabe cuándo y cómo se va a suceder todo, y tampoco brilla por su arrebatado romanticismo.

Nada de esto debería ser inconveniente para conceder suficiente crédito a Agua para elefantes, un drama que no se concentra en el almíbar romántico y que consigue sus objetivos, que son satisfacer a un demográfico más adulto y maduro que la serie Crepúsculo, que convirtió en estrella a su protagonista.

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