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'The Artist'

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En estos próximos meses se van ustedes a hartar de oír hablar de The Artist. La película dirigida por Michel Hazanavicius, muda y en blanco y negro, y de nacionalidad francesa, ha logrado colarse en todas las quinielas para los principales premios del año.

De forma no tan inesperada –se alzó anteriormente con los premios de la crítica de Nueva York, Detroit y San Diego, entre otros-, la cinta que protagoniza un estupendo Jean Dujardin se alzó esta semana con las principales candidaturas a los Globos de Oro, habitualmente considerados la antesala de los Óscar, acumulando 6 opciones a esos premios, el mayor número del año. Previamente, había sido una de las cintas más aplaudidas en Cannes, donde su protagonista masculino se llevó el premio al mejor actor.

The Artist es la historia de George Valentino (Dujardin), un actor de cine mudo que ve como su carrera está a punto de sucumbir ante la llegada del sonoro. Valentin se enamora perdidamente de una joven estrella en ciernes, la etérea bailarina Peppy Miller, una recién llegada a la Meca del Cine que poco a poco le irá eclipsando en fama y popularidad.

La película de Hazanavicius retrata la época dorada del cine mudo y con ello exalta lo obsoleto, reivindica el pasado, o más bien su pureza, aunque lo hace proponiendo una aleación de estilismos muy actual. Pero The Artist, película de visionado agradable y entrañable donde los haya, no es un mero juguete nostálgico. El retorno a los orígenes que propone no es tampoco un ejercicio de arqueología postmoderna, sino quizá un paso atrás para coger carrerilla. Aunque la historia de George Valentin es también la historia del cine, con mayúsculas, la película sabe apelar con calculada emoción la inocencia de las emociones más primarias.

Pero el dilema que vive el protagonista de El artista, un actor condenado a desaparecer del panorama, encuentra además su perfecto trasunto en la realidad digital actual, también un momento de transición en el que los modelos narrativos más tradicionales están cediendo, necesariamente o no, en beneficio de las nuevas tecnologías.

The Artist funciona en ese contexto como un bonito cuento de salvación, cuya pátina de nostalgia resulta mucho más útil que manipuladora en cuanto se refiere al cine como experiencia comunitaria, y en cuyo corazón habita un verdadero afán por compaginar pasado, presente y futuro. La ilusión que nos propone Hazanavicius es compatible el vértigo, ese que proporciona el inexorable y constante progreso. Por mucho que la avalancha de laureles tenga mucho de pose (suele pasar), The Artist es un filme que no hay que perderse.

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