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¿Secuela o precuela de Alien, el octavo pasajero? ¿Historia independiente o paralela? ¿reimaginación o remake inconfeso? De todo ello tiene un poco la nueva y enigmática Prometheus, cuya relación con el universo creado por Ridley Scott, ese formidable encantador de serpientes, en la citada Alien (1979), ha hecho correr ríos de tinta digital a lo largo de los últimos dos años. En realidad, y al margen de las preguntas formuladas más arriba, alimentadas con malicia por el propio realizador, lo que verdaderamente importa en Prometheus, y lo que debería quedar grabado a fuego en la memoria del aficionado, es el extraordinario y mayúsculo trabajo visual del realizador británico. El que esto haga olvidar las muchas e importantes preguntas que el guión de Damon Lindelof y Jon Spaiths deja sin resolver –en ocasiones de manera premeditada, en otras no- es ya una cuestión personal. Pero mejor no adelantemos acontecimientos.

En el filme, un equipo de exploradores descubre la pista definitiva de lo que podría significar el origen de la humanidad en la Tierra. Tras una elipsis de más de una década, la expedición a bordo de la nave Prometheus está en marcha. Su destino, uno de los rincones más oscuros y remotos del universo. Lo que allí encontrarán, y lo que se desata, tal y como reza la publicidad del filme, podría revelar el origen de la humanidad pero también significar su final...

Prometheus es uno de esos filmes que pueden verse aplastados por las enormes expectativas y la masiva cantidad de información que ha circulado hasta su (tardío) desembarco en nuestro país. La nueva película de Scott, como casi todas las del realizador, da pie a ver el vaso medio lleno o medio vacío... porque vamos a decirlo ya: Prometheus ni es un filme perfecto ni acaba de cerrar o ser consecuente sus propios planteamientos. Y en realidad, su sinopsis tampoco esconde mayor secreto, por mucho que el propio Scott haya aprovechado para liar la madeja: la historia narrada arriba apenas abarca dos escenarios fundamentales, como Alien, y pese a un último acto ciertamente espectacular (mejor dicho: monumental), recupera con habilidad ese aire minimalista y gótico de la primera entrega de la serie.

Créanme que, en realidad, tanto da. Porque lo importante es que Prometheus supone el regreso de Ridley Scott al género de la ciencia ficción, éste en el que destacó hace varias décadas con obras maestras como la propia Alien o la no menos icónica Blade Runner (1982), a través de su formidable habilidad para la creación de ambientes, lugares y mundos, cualidad que Scott antepone siempre a los personajes y el guión. De nuevo, y tras la apariencia de una historia de género, el británico abarca en ella no sólo ciencia ficción y terror, sino que también abraza postulados filosóficos o religiosos diseminados aquí y allá a lo largo de la trama, aunque en esta ocasión -he ahí el error- de una manera demasiado explícita y finalmente superficial. Pese a la habilidad del director a la hora de entretejerlos en la narración de lo que, al fin y al cabo, resulta ser un blockbuster de verano, nos encontramos aquí con uno de los puntos más discutibles de la cinta.

Pero, no obstante y a pesar de esto, lo que sí ofrece Prometheus es un espectáculo visual de clase triple A, en el que los efectos especiales nunca toman la iniciativa del relato (tampoco los personajes, pero eso es otra historia), donde el diseño de producción y la fotografía (de los colaboradores de Scott Arthur Max y Dariusz Wolski) alcanza cotas de destreza pocas veces vista en el cine reciente, y en el que casi por primera vez el excelente 3D merece la inversión del espectador. La cantidad de imágenes inquietantes, poéticas o sobrecogedoras que ofrece Prometheus configura un relato que se fundamenta en la creación de ambientes y sugerencias ominosas, más que en los golpes de efecto y los discutidos y discutibles giros de guión de su tercer acto.

La experiencia, como decimos, no está libre de defectos. La caracterización de algunos de sus personajes parece propia de una cinta mucho menor, y los intentos de introducir leves notas de humor no resultan del todo apropiados. Algunos de sus personajes toman decisiones un tanto ilógicas y poco solemnes, impropias de una expedición destinada a descubrir el origen de la raza humana. La decisión de Scott de plantear preguntas trascendentales de forma un tanto imprudente escamará tanto al espectador ansioso de respuestas como a eruditos elitistas.

No obstante, y según pasan los días, un servidor lo tiene algo más claro. Prometheus, pese a la filosofía barata y las incoherencias del guión de Damon Lindelof, no es un mero producto derivativo de Alien como Alien vs. Predator, ni tampoco una operación comercial al uso. La estética fantasmagórica de sus imágenes, la violencia que se desata en su segunda mitad (la escena de la cirugía bordea el ridículo sin llegar a caer en él, y resulta tremendamente sangrienta), y la interpretación de un prodigioso Michael Fassbender, que logra dar una nueva vuelta de tuerca a la figura del androide típica de la saga, compensan el precio de la entrada y dan peso específico a un filme autónomo y a la vez repleto de llamadas a la saga madre. Y pese a extender cheques que en absoluto puede pagar, el regreso de Scott al género que él ayudó a moldear demuestra que nos hallamos ante un cineasta capaz de correr riesgos con mucho más arrojo del que podría parecer. Una película sensacional.

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