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Juan Manuel González

'Desmadre de padre'

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Cojan esto con pinzas, pero dejando de lado sus ocasionales escarceos con Paul Thomas Anderson o Judd Apatow, Desmadre de padre podría tratarse de la mejor película del cómico Adam Sandler en algunos años. No obstante, que esto signifique mucho o poco es otro cantar... y va a ser que más bien lo segundo: el público de Estados Unidos, donde Sandler resulta habitual triunfador en la taquilla, parece haber dado la espalda definitivamente al cómico, dado el limitado éxito en sus fronteras de la presente y también de la reciente Jack y su gemela, la justa y flamante ganadora del Razzie a la peor película del año pasado.

En Desmadre de padre, Sandler aprovecha la ocasión para pasarse de rosca otra vez con un personaje en su línea con un humor escatológico y gamberro, pero destinada esta vez a un público más adulto. Al margen de esto, es de justicia reconocer que, en esta ocasión, el vehículo para su lucimiento guarda algún pequeño as en la manga. Quizá sea la correcta presencia de Andy Samberg, otro cómico de la factoría Saturday Night Live, pero Desmadre de padre dedica más tiempo del esperado a desdibujar la moralidad bienintencionada y tradicional de reciente shows de Sandler, lo que aporta a la caricatura cierto espíritu de genuina incorrección que va más allá del humor ofensivo y escatológico.

Existe además cierto equilibrio interno en el devenir de la cinta. Compendio de dos de los subgéneros más solicitados de la comedia gamberra, el de los preparativos de boda y la consiguiente despedida de soltero, Desmadre de padre halla su sustento real en el vínculo roto entre un padre y un hijo que, por circunstancias argumentales que tampoco vamos a desvelar, tienen prácticamente la misma edad.

El director Sean Anders coge el testigo de Dennis Dugan, habitual elaborador de las comedias de Sandler, y dirige el invento con un ojo puesto en el Todd Phillips de Resacón en Las Vegas (el montaje de la juerga, en el que padre e hijo se acercan previsiblemente) y otro en la comedia escatológica e infantil de los Farrelly. Y la verdad, algo que llevamos ganado: a diferencia de la terrible Jack y su gemela, la puesta en escena no resulta insultantemente fea, y pese a su previsibilidad, torpeza y su excesiva duración (sobra un cuarto de hora largo), la eficacia de ciertas escenas frena la impresión de que nos hallemos ante otro producto confeccionado para arrasar en los Razzie. Aún así, irrelevante.

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