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Juan Manuel González

La grandeza de Mel Gibson

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Un apunte rápido. El estreno hace unos días de Vacaciones en el infierno, cinta protagonizada por Mel Gibson hace un par de años y que va estrenándose con cuentagotas en algunos territorios como el español, corre el peligro de pasar desapercibido entre franquicias de éxito adolescente y reformulaciones de éxitos a la moda. Y es que la cinta dirigida por el debutante Adrian Grunberg, colaborador de Gibson a través de su productora Icon, parece cocinada siguiendo la receta del cine de acción de otros tiempos -los de Gibson, dirían-, y pese a ser una obra menor no resulta para nada apática. 

No nos cansamos de decirlo: el cine de acción de los ochenta, encabezado por cintas como Arma Letal -protagonizada por Gibson- o Jungla de Cristal, no necesitaba de exploraciones psicológicas ni rizar el rizo en efectos visuales, sino que se apoyaba en puntales más simples de los que carecen las entregas actuales del género, si es que este sigue vivo como tal. Una estrella con carisma, escenas de violencia cuidadosamente dosificadas, una labor de dirección más artesanal que otra cosa... y un entretenimiento cinematográfico sin demasiados aires y sin afán grotesco. 

Eso es lo que aporta precisamente Vacaciones en el infierno, una cinta que en la tesitura actual parece más un producto de explotación de Robert Rodriguez (Machete) pero que en su interior desarrolla un enredo de humor y salvajismo exótico que parece heredar la locura Gibsoniana de Payback (aquella nueva versión de A quemarropa que empezó dirigiendo Brian Helgeland... y acabó Richard Donner por requerimiento de Gibson) y, por supuesto, el retorcido sentido del humor del propio actor, presente en todas las escenas, y que aquí parece extrañamente feliz de someterse a una nueva montaña rusa de tortura y expiación con la que sufre su personaje.

Vacaciones en el infierno parece un show de hace dos décadas ya sólo por estar al servicio de su estrella y no del director o un supuesto high-concept salido de una reunión de ejecutivos. El australiano es el protagonista absoluto de la función, pese a la presencia de un niño (excelente actor Kevin Hernández) para darle la réplica, un rasgo que, precisamente, nos retrotrae al debut como director de Gibson en El hombre sin rostro. El actor-director, que en los últimos años se ha visto envuelto en polémicas por maltrato, por sus declaraciones en estado de ebriedad y sus condenas judiciales a esa señora (por llamarla de alguna manera) con la que contrajo segundas nupcias, ha sido criticado por su supuesto conservadurismo ideológico y la violencia de sus últimos largometrajes como director... por mucho que estos brillaran precisamente por su sinceridad y audacia (repasen Apocalypto, y si no les parece un increíble relato aventurero, díganme qué lo es). 

Francamente, no sé si Gibson ha sido una víctima o no -lo que sí ha sido, desde luego, es un verdadero bocazas-, pero en todo caso se vio sometido a una sobreexposición mediática que acabó enterrando su carrera y llevó a la prensa a menospreciar un talento demostrado en incontables ocasiones. Una nueva muestra, en su vertiente de actor, es su trabajo en Vacaciones en el infierno, una cinta concebida por él y para él que, pese a sus evidentes limitaciones e incluso cierta mediocridad, se merece el visionado. No se olviden de ella.

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