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Juan Manuel González

'El Hombre de las Sombras'

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Bajo la apariencia de un filme de terror más o menos corriente, El hombre de las sombras alberga un discurso social de enorme calado y. todavía, potencial polémico. No es la primera vez que el francés Pascal Laugier, que aborda aquí su primer filme realizado al otro lado del charco, interpreta (o utiliza) los códigos del terror para elaborar un vehículo al servicio de una ideología. Lo hizo en la polémica y ultraviolenta Martyrs, y lo hace de nuevo en la presente, una suerte de cuento de terror que recoge la mitología del hombre del saco, al fin y al cabo un cuento de hadas (expresión que utiliza en más de uno de los personajes del filme), para elaborar un completo discurso o panfleto político (según a quién preguntemos) que, en el lado positivo de la balanza, sin duda devuelve al género del terror su condición más genuinamente contestataria y subversiva. Pero que también nos obliga a nosotros, espectadores, a cambiar totalmente el chip a la hora de valorar los recursos desplegados por el realizador.

Estamos en el pueblo de Cold Rock, en el frío norte de Estados Unidos. Una localidad en la ruina, sumida en la pobreza, desde que la mina que daba trabajo a la mitad de sus habitantes cerrase sus puertas, y en la que Julia, la joven enfermera de la localidad (Jessica Biel), desempeña su trabajo sin aparentes contratiempos. Pero Cold Rock es también un lugar maldito, una aldea donde desaparecen niños sin que nadie, aparentemente, haga nada para evitarlo. El responsable es el misterioso Hombre Alto, una figura anónima y terrorífica avistada por algunos de los habitantes del lugar, y que será el responsable del secuestro del hijo de Julia, que desaparece misteriosamente de su habitación ante los ojos de la joven madre. Ésta, como era de esperar, hará todo lo posible por recuperarlo, aunque ello signifique enfrentarse al pueblo y sus habitantes. Pero, ovbiamente, aquí no todo es lo que parece...

Y no me entiendan mal: no considero que verter un discurso social o político a través de los tópicos del género tenga algo de sospechoso, o sea negativo o perjudicial para la salud. Es más, no valoramos todavía si éste es carpetovetónico o visionario, de izquierdas o derechas, peligroso o inofensivo, aunque la pregunta retórica con la que se cierra la película nos emplaza directamente a ello. Sí resulta interesante, sin embargo, cómo Laugier devuelve al género su condición de arma arrojadiza e incendiaria, inconformista, así como su esfuerzo a la hora de conservar casi intactas las piezas de un relato convencional, pero cambiando completamente su sentido, tanto en lo relativo al cambio de perspectiva que acontece a mitad del largometraje (algo que, al fin y al cabo, hemos visto en anteriores ocasiones en el género) como, sobre todo, en añadir una carga de profundidad de contenido político y social capaz de incomodar tanto al espectador convencional como al crítico veterano, al haberse atrevido a vehicularlo a través de un "simple" filme de género. En otras palabras, obligar a pensar al personal pese a venir envuelto como un aparente y pequeño filme de terror, de esos que se acostumbran a minusvalorar en muchos casos de forma inmerecida.

No obstante, y pese a la buena actuación de Jessica Biel, actriz que poco a poco va reclamando papeles de enjundia, este cambio de intereses e intenciones en la segunda mitad del largometraje no acaba de hipnotizarnos. No estoy de acuerdo con su trasnochado discurso, pero tampoco –y sobre todo- no puedo estarlo con su pesimismo pretencioso, con unos giros argumentales menos cautivadores de lo que pretenden que, en realidad, no hacen sino alejarnos más y más de los personajes, en tanto fuerzan la verosimilitud del filme hasta extremos alegóricos de una manera extrañamente evidente. El argumento de El hombre de las sombras, pese a sencillo, no resulta ni especialmente intuitivo ni tampoco tenso más allá del rodaje en fantasmagóricos exteriores de la Columbia Británica. Las implicaciones sociales y políticas de la fantasía diseñada por Laugier son simplistas en sí mismas, y se pelean y ahogan de una forma demasiado complicada y con cierto aire trascendente con un sustrato terrorífico que, en realidad, hubiera hablado por sí mismo de una manera mucho más rica y estimulante. En otras palabras, Laugier quizá no hubiera necesitado perder de vista la angustia de la chica para llamar la atención sobre su creatividad artística, su autoría, ni siquiera para sumergirnos en un discurso ideológico evidente en sus resonancias marxistas, si es que esas eran realmente sus intenciones, y que molesta por su exceso de pretensiones y su poca utilidad real. En definitiva, que El hombre de las sombras hubiera sido más subversiva e inquietante (y allá Laugier con lo que piense) sin resultar tan enervante y evidente, e incluso sin desempolvar tanta mandanga clasista.

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