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Juan Manuel González

'Scary Movie 5'

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El comienzo de Aterriza como puedas, la memorable comedia de 1980 del trío ZAZ (Jerry Zucker-Jim Abrahams-David Zucker) dejó muy claras las coordenadas del género spoof o de parodias que se sobrevenía: la cola de un avión surcaba las nubes como si una aleta de escualo se tratase, haciendo sendos guiños a dos de los éxitos más característicos de la época, las sagas Tiburón y Aeropuerto. Pero tras una década de películas de aceptable factura, algunas todavía en la memoria de los aficionados como Top Secret y la y la dupla Hot Shots, de demostrar que la parodia podía ser un asunto muy serio para sus responsables, el género degeneró de manera inmediata...

En los noventa los hermanos Weinstein se sacaron de la manga la primera Scary Movie, en la que parodiaron su propio éxito, la saga Scream, llevando el humor cinéfilo y paródico de los ZAZ (y de la propia víctima) al terreno del humor negro en su acepción puramente racial, con resultados desastrosos pero desde luego muy pingües para sus responsables. Ahora, sin los Wayans detrás de las cámaras, y tras diversos disparates perpetrados por un tal Rick Friedberg (Casi 300, Date Movie, Disaster Movie), por no mencionar un paréntesis en las que el propio David Zucker trató imitar su propia marca en Scary Movie 3 y 4 (algo se notó), la saga regresa a su origen, el del desastre insalvable, patético, chapucero y lerdo, al choteo de cintas recientes y en su mayoría ya en sí mismas irrelevantes sin que de ello se derive ningún placer cinéfilo. En otras palabras, que aquí no hay quien apele al sentido del humor para salvar mínimamente el asunto.

Scary Movie 5 es tan mala que resulta imposible definirlo. El humor es infantil, la parodia cinéfila ha devenido en un chiste a raíz de personajes de la crónica rosa yanqui de la estirpe Kardashian, todo ello articulado en torno a un argumento calcado de éxitos recientes como Paranormal Activity y Mamá, esta última –dato nada baladí- estrenada hace muy pocos meses. Con la excusa del uso de cámaras domésticas y la estética found-footage para generar terror, Malcolm D. Lee ya ni se molesta en encuadrar la acción. Qué más da, habrá pensado: el realizador sabe que el demográfico al que apela, ya sea el infantil, el latino o de color, apenas reacciona ya a los estímulos de la pantalla tanto como a los de su teléfono móvil, que probablemente dejen encendido durante la hora y poco que dura esta verdadera basura.

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