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Juan Manuel González

Crítica: 'Trance', de Danny Boyle

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Danny Boyle regresa al cine de producción y atmósfera más netamente británica en Trance, un enrevesado y trepidante thriller psicológico en el que el robo de un cuadro desencadena un viaje al interior de la mente de uno de los ladrones, y en el que -sin duda- su autor deja atrás el buenismo de su multipremiada (y odiada) Slumdog Millionaire para internarse de nuevo en los vericuetos del hard-boiled más vocacionalmente juguetón. Pero no se engañen: pese a ello y este relativo regreso a los orígenes, nada de lo que ocurre en la película ayudará al británico a ganarse las simpatías de la crítica más estoica con la relativa modernidad y/o vacuidad de sus largometrajes.

Claro que en ningún momento da la impresión de que Boyle haya rodado Trance para ganarse el favor de sus detractores… El director ejercita en la película el músculo del suspense, pero lo hace a su particular, tramposa y acelerada manera. Trance respeta todos los elementos básicos del thriller (sobre el papel, no falta ninguna de las piezas que le presumimos a una película de robos, e incluso un romance o dos) pero a partir de ahí no hace sino violentar todos esos postulados mediante procedimientos puramente formales, de una manera que podríamos tachar con facilidad como superficial, histérica y artificiosa.

Simon (James McAvoy) es un subastador de cuadros aliado con unos ladrones decididos a robar un valioso cuadro de Goya. No obstante y durante el transcurso del robo, Simon –el único que sabe el paradero de la obra- recibe un fuerte golpe en la cabeza que le lleva a olvidar dónde ha escondido el dichoso cuadro. El jefe de la banda, el violento Franck (Vincent Cassel) contrata entonces a una hipnoterapeuta (Rosario Dawson) para que hurgue en los recovecos más oscuros de la psique de aquel… que resulta ser mucho más compleja de lo que aparenta.

Al comienzo de Trance, el ladrón interpretado por James McAvoy nos presenta un McGuffin (en este caso, un cuadro del español Francisco de Goya), unas motivaciones y el aparente punto de partida de un atraco… motivos todos ellos que Boyle, amparado en la amnesia de su protagonista, no tarda en elevar a la categoría de puro trampantojo fílmico. Y es que el británico, a medida que transcurren minutos de película, que tampoco son demasiados, rompe literalmente (o no) las fronteras de lo real y lo soñado para hacernos dudar si lo que vemos está en la mente de su protagonista, del antagonista, y por qué no, de la explosiva hipnoterapeuta que supone el tercer vértice del triángulo amoroso y criminal.

Boyle llega pronto a la conclusión de que la mejor vía para traspasar las fronteras de lo verosímil sin que se note la fractura entre realidad y fantasía, entre tiempo presente y pasado (o recuerdo, o sueño, o deseo…) es ni siquiera plantearse la existencia de esos límites. Trance empieza como un tren que obliga al espectador a subirse en marcha, uno en el que James McAvoy, al igual que en Wanted (Se busca), vuelve a demostrar que es capaz de ganarse las simpatías del público pese a que el comportamiento del personaje que interpreta sea, como poco, altamente cuestionable. Y continúa como un thriller romántico y violento en el que la ruptura de espacio y tiempo, proporcionado por el recurso de la hipnosis, lleva al espectador a dudar de la verdadera naturaleza de cada una de las escenas. Boyle no señala, o al menos no lo hace de manera evidente, la esencia de cada una de ellas, y lo cierto es que antes de la mitad de Trance hemos perdido el interés en dilucidar qué es una u otra. Pero el realizador tiene bien claro la que es su verdadera prioridad en la película, que no es otra que la constatación de que el combustible último de todas ellas, de todo ese tejido de existencia humana, es nada más y nada menos que el puro deseo, la consecución de la emoción… objetivos que se marcan tanto sus personajes como él mismo. Probablemente el recurso más cinematográfico de todos.

Trance es una película absurda, pero tiene malicia, ritmo y un estilo asombroso, y aunque sea de manera intrascendente, es capaz por sí misma de reescribir –si bien de manera discutible- los parámetros y convenciones del género… si bien en su desenlace se disuelve como un azucarillo. Si todo lo demás ocurre, de todas formas, es en parte gracias a la presencia casi majestuosa de Rosario Dawson, cuyo magnetismo físico ayuda sin duda a anclar las motivaciones de sus protagonistas de manera verosímil, así como a ayudar diluir fronteras entre realidad y ficción (o en todo caso a lograr que, como a sus amantes, nos importen un comino). Sin revelar nada del desenlace, y por una vez con cierto ánimo de sobreinterpretar más allá de lo que "se ve", Boyle utiliza su exuberante presencia para convertir el desenlace de Trance en una probable metáfora del eterno tema de sexo y muerte, incluso con connotaciones fálicas de por medio (esa camioneta en llamas, irrumpiendo en un almacén...). Al fin y al cabo ¿a quién no le importaría incluso regresar de la muerte por una terapeuta como ella?

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