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Juan Manuel González

Crítica: 'Las brujas de Zugarramurdi' de Álex de la Iglesia

Álex de la Iglesia regresa al cine más lúdico y macabro con una divertida odisea con más contenido del que parece.

Juan Manuel González
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En su fantasía adulta Las brujas de Zugarramurdi, Álex de la Iglesia vuelve a recorrer géneros claramente codificados, que van desde el terror al thriller, para darles un aire cañí claramente patrio apoyándose -en esta ocasión- en leyendas rurales -y nacionales- de pasados remotos. El director vuelve a utilizar símbolos claramente establecidos, tanto en cuanto a géneros cinematográficos como en referencias simbólicas (desde el pop más "hardcore" a la España tradicional: ver ese sangriento tiroteo inicial que mezcla a Jesucristo o un taxista de Madrid con Bob Esponja o el hombre invisible) pero dejando en la cuneta referencias políticas (por fin) y entregándose a la parábola de género, pero esta vez también de género macho-hembra. La película suma al vitriolo cinéfilo habitual de De la Iglesia una dosis adicional de saludable veneno al romanticismo que parece salida directamente de la condición vital del autor, al fin y al cabo ya un veterano en estas lides y a punto de afrontar sus 50 (y bastante contento de hacerlo).

Las brujas de Zugarramurdi es por eso una película sobre el poder de las mujeres sobre los hombres. No busquen más. No es exactamente machista ni feminista, aunque reparta con la fruición habitual de su autor para ambos lados de la ecuación, aunque para uno en concreto un poco más. Pero en una muestra inequívoca de valentía e incorrección política, en ella se adivina mucha mala baba personal contra el género contrario, algo de admirar (y admirable) en tiempos de corrección política en la piel de toro. Ese retrato de las tres edades de la mujer que configura el eje del mal Carmen Maura-Terele Pávez-Carolina Bang (actual pareja de De la Iglesia, y créanme que se nota por los planos que la dedica) proporciona imágenes interesantes, y al final -novedad- deja ver un sustrato de felicidad, complacencia y hasta asentamiento personal, que estaba ausente en las más amargas Balada triste de trompeta y La chispa de la vida, y que contrarresta bastante bien el locurón general. Todo eso, y también un guión más cerrado fruto del regreso con el guionista Jorge Guerricaechevarría, ayudan a convertir la experiencia en la película más grata de su director en años.

Pese a conservar sus irregularidades habituales, lo cierto es que De la Iglesia elabora su película más compacta en años, o al menos la más amablemente macabra, sin perder vigor. El director parece haberse acomodado en su exceso, pero esta vez para bien: de ritmo trepidante, insistente en sus gags, inverosímil e imposible, la película también contiene sin embargo dos buenas interpretaciones cómicas, las de Hugo Silva y Mario Casas -quién lo iba a decir: pues sí- y presenta una factura y un ritmo notables que literalmente apisonan sus olvidos u obviedades. En definitiva, la película nos devuelve al mejor De la Iglesia en un filme con una voluntad comercial irreprochable.

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