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Juan Manuel González

Crítica: '12 años de esclavitud', de Steve McQueen

Steve McQueen realiza el drama de esclavitud sureña casi definitivo, en una película con un par de interpretaciones magistrales.

Juan Manuel González
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El director británico Steve McQueen está a punto de darse un baño de premios esta temporada. La cinta causante de ello, 12 años de esclavitud, llega con ese aura de cine "importante" que precede a la temporada de galas y ceremonias, o al menos de aquel que trata temas de enjundia y además rebaja los convencionalismos del relato con un estilo sobrio, austero y elegante, pero capaz de llegar a un amplio público como si de una mezcla de Steven Spielberg y Terrence Malick se tratase. Pero 12 años de esclavitud es, a diferencia de otras cintas muy recientes e igual de solemnes como El mayordomo (que también trata el tema del racismo, si bien desde una perspectiva diferente), un verdadero monstruo en el mejor de los sentidos... una película que, pese a contundente, aún oculta un tremendo dolor y violencia con la delicadeza de algo que está a punto de resquebrajarse.

12 años de esclavitud narra la historia de Solomon Northup (estupendo Chiwetel Ejiofor), un hombre libre de gran formación y cultura (y sí, de raza negra) que fue secuestrado y vendido como esclavo en las plantaciones del sur de EEUU. Pasando por las manos de varios amos, Northup se vio obligado a trabajar y malvivir durante más de una década sin saber absolutamente nada de su familia, soportando todo tipo de penurias físicas y psicológicas.

La referencia a Spielberg y Malick no era baladí. La película de McQueen tiene un poco de ambos, de la épica sentimental del primero y la poesía misteriosa del segundo... por mucho que al director de Shame se le puedan abrir las carnes con la comparación. Pero afortunadamente, pese a algún que otro error de bulto (sin ir más lejos ni revelar nada, el papel como actor de su productor Brad Pitt) 12 años de esclavitud no es ni Amistad ni tampoco To the wonder, por citar dos cintas poco célebres de aquellos directores.

Y no lo es porque la historia, basada en el relato autobiográfico escrito por el propio Northup, no se pierde en su propuesta estética pese al uso ejemplar que hace McQueen de todos los recursos cinematográficos y narrativos a su disposición. Ya sean las numerosas elipsis del relato, necesarias al abordar un periodo de tiempo tan extenso, como el formato panorámico, cuya utilización aquí resulta simplemente brillante, o sobre todo la más sutil de todas, el sonido: fíjense en la superposición de los llantos de una esclava sobre la oración pronunciada por otro personaje, el reverendo Ford (sí, aquí también sale Benedict Cumberbatch), en un recurso que McQueen utiliza en al menos dos ocasiones. En todos los casos, el director de Hunger acierta al dotar de un tono pesadillesco a la trágica odisea a través de un trabajo limpio y aparentemente sencillo, pero de enorme profundidad.

Pero sobre todo, equilibra la frialdad con la que presenta los hechos (durante su secuestro, Northup apenas traba relación con sus congéneres, ya sean éstos amos o esclavos) con el sentimiento necesario para satisfacer con esta odisea "bigger than life" de toda película hollywoodiense. 12 años de esclavitud no es un filme gélido, pero sí que amortigua la sensiblería en pos de una búsqueda más elevada.

Y es que McQueen dibuja un mundo tan bello y vasto como enfermizamente corrupto, poblado por gente buena y gente mala toda ella subyugada por un orden superior contra el que no pueden, y tampoco quieren, enfrentarse. En 12 años de esclavitud subyace una enorme amargura, un sentimiento de cólera frustrada que aparece tanto en el retrato de los esclavos -a quienes observamos en toda su conformista dignidad- pero también en sus explotadores, de un patetismo evidente. Sin caer ni un momento en la caricatura, y ocasiones había para ello, McQueen logra vincular en un momento dado el destino final de todos ellos de manera evidente: no sólo son, tanto blancos como negros, víctimas y verdugos de sí mismos, sino que están a la espera de un Juicio Final tan concreto (el fin de la esclavitud) como alegórico (ese Creador que parece observarlo todo desde la distancia, y que parece que se materializa de nuevo sólo en la banda de sonido: ese primer plano de Northup sostenido durante más de un minuto, y en el que se oye de fondo una tormenta...).

12 años de esclavitud no sólo es un buen drama, sino un estudio humano de extraordinario alcance, o al menos uno del que, en definitiva, ni siquiera se libra de críticas su héroe protagonista: ni McQueen ni el actor Chiwetel Ejiofor retratan al buen esclavo que nunca osó revelarse de manera beatífica, evitando estereotipos pese a mostrar todas las carencias y el terror de su cambio de estado, de la pérdida de la libertad. Buenísima.

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