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Juan Manuel González

Crítica: 'Futbolín', de Juan José Campanella

El realizador Juan José Campanella debuta en el género de la animación con Futbolín, una ambiciosa coproducción entre España y Argentina.

Juan Manuel González
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El realizador Juan José Campanella (El hijo de la novia, El secreto de sus ojos) debuta en el género de la animación con Futbolín, una ambiciosa coproducción entre España y Argentina llamada a reproducir en territorio nacional el éxito en su país de origen. Con la fábula sobre el fútbol como pegamento social y una consabida dosis de desparpajo porteño, todos ellos rasgos previsibles en base al origen de su director, Futbolín sabe superar limitaciones locales y utiliza su adscripción al cine animado para impulsarse hacia el territorio del eterno cuento de hadas.

Aunque, eso sí, añadiendo una dosis de identidad visual (y moral) algo diferentes a la de sus equivalentes americanos.

Amadeo es un joven tímido y un tanto asocial que encuentra en el futbolín su herramienta para triunfar. Años después todo parece llegar a su fin cuando su enemigo de la infancia, convertido en un deportista de élite ególatra y pirado, conspira para acabar con todos los sueños de quien osó vencerle en el pasado. Con lo que no contaba Amadeo es con que contaría con la ayuda de los propios jugadores de futbolín que él manejó, una decena de figuras de plomo dispuestas a todo por hacer triunfar el bien...

Más interesante que el propio punto de partida de Futbolín resulta, sin embargo, la gestión de todos los condicionamientos y exigencias de una película infantil que hace Campanella, un realizador con cierta condición de autor, y a quien no se le caen los palos del sombrajo a la hora de elaborar un relato universal apto para todo tipo de mercados, incluso aquel aparentemente ajeno al deporte rey.

El resultado merece la pena. Campanella asume con humildad todos los rasgos necesarios para elaborar un espectáculo familiar, incluso aquellos que podrían resultar un condicionamiento, y se trabaja la película desde las calderas. Cierto que Futbolín puede funcionar como sentido psicoanálisis del estado de la cuestión en el fútbol, de la perversión de su espíritu deportivo original en pos de una máquina impersonal y ambiciosa de hacer dinero, pero lo que verdaderamente hace funcionar la película es su narrativa pura, el buen retrato que hace Campanella de más de una decena de personajes de plomo (cada uno de ellos perfectamente diferenciable) y la sólida estructura de un relato no tanto deportivo, sino de búsqueda interior y exterior. Y es en ese proceder donde se nota su escritura fílmica, su mirada personal y la natural fluidez visual de sus películas "reales".

En Futbolín prima la sucesión incansable de aventuras dentro y fuera del campo, pero con un detalle y caracterización diferentes aunque comprensibles para el público internacional. La acertada puesta en escena del realizador, de un brío narrativo que aminora los desniveles, remata una película que responde a estándares narrativos y de calidad hollywoodienses, sin que ello signifique que nos encontremos ante un producto derivativo.

Y precisamente ahí es donde se nota la mano de su autor, la artesanía de Campanella: bajo la excusa de un juego de niños, el director de El secreto de sus ojos consigue elaborar una fábula universal que se sobrepone a los tópicos del cine deportivo sin perder un ápice de clase, de dignidad.

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