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Juan Manuel González

Crítica: 'El Lobo de Wall Street', con Leonardo DiCaprio

Leonardo DiCaprio realiza la gran interpretación del año en El Lobo de Wall Street, dirigida por Martin Scorsese.

Juan Manuel González
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Martin Scorsese tiene 71 años, pero la energía y vitalidad (así como el absurdo y humor negro) que desprenden las tres horas de metraje de El lobo de Wall Street, su último largometraje, parecen las de un realizador bastante más joven. La alocada crónica de la vida de Jordan Belfort, un broker de Wall Street que se enriqueció brutalmente durante los noventa y que se negó a reconocer y delatar a sus cómplices, abunda con delicioso cinismo en los aspectos más delirantes de la vida del ejecutivo. Pero a pesar de su énfasis en lo puramente festivo y efectista, El lobo de Wall Street sin duda pertenece a la liga de películas extraordinarias de su director. Es más, el recuerdo de Uno de los nuestros, Casino y Toro salvaje campa a sus anchas y más que nunca a lo largo de su extensa duración: al fin y al cabo, y como los protagonistas de aquellas películas, pese a no ser un mafioso o boxeador de clase baja, Belfort es un soñador que se construye un mundo propio para huir del real, demasiado aburrido y limitado, por mucho que ello suponga infringir toda moralidad y un buen número de leyes.

En manos del director y su intérprete, un excelente Leonardo DiCaprio, Belfort se erige, con su imagen pulcra y sonrisa traviesa, en una nueva versión de los mafiosos asociados al cine de Scorsese. Aunque trabaja con un teléfono en las manos y no una pistola, la manera de presentarnos la historia del tipo en cuestión resulta igual de amoral y trepidante. Una vida, por cierto, que nos narra el propio Belfort (no se pierdan el comienzo del filme, con DiCaprio presentándose como hilarante narrador a la propia cámara... lanzando enanos a una diana) y que tiene mucho en común con las de aquellas obras maestras de mafiosos italianos. El lobo de Wall Street, basándose en el libro autobiográfico del ejecutivo, pese al detenimiento con el que describe las extravagancias y fiestas locas de su protagonista, sigue siendo una clásica -y casi mitológica- historia de ascenso y caída de esas que tanto gustan a Scorsese.

La quinta colaboración entre director y actor, Scorsese y DiCaprio, es la mejor de todas ellas. El Lobo de Wall Street es una película que desafía los límites del cine comercial, que muestra más sexo, drogas y también violencia (por mucho que ésta venga servida de diálogos punzantes y políticamente incorrectos) que cualquier cinta norteamericana estrenada en 2013. Y sobre todo, es una en la que a su director no le importa desprenderse de la historia, en ocasiones un mero esbozo, para entregarse al puro mundo de las ideas que habita tras ella. Tras la cándida La invención de Hugo, la presente da toda la impresión de funcionar exactamente igual que su personaje, es decir, enfervorecida e histérica, aunque no hace falta rascar demasiado para percatarnos de que no estamos viendo Resacón IV, que la mirada de Scorsese y su supremo estilo visual laten y configuran los acontecimientos que presenciamos.

Pero lo que más destaca de El Lobo de Wall Street es la antológica interpretación de Leonardo DiCaprio, que tras El Gran Gatsby remata el mejor año de su carrera como actor. El actor encuentra mil matices en la locura de su personaje, se revela como un cómico capaz tanto a la hora de abordar el puro slapstick físico (atención a cuando las drogas caducadas hacen su efecto) como de verbalizar los trepidantes y excéntricos intercambios verbales del guión de Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire). Pero también, por supuesto, cuando toca relatar las consecuencias reales de su avaricia (la espeluznante discusión que pone fin a su segundo matrimonio), momento en el que tanto él como Scorsese sacan su artillería pesada. DiCaprio, por cierto, está rodeado de otros intérpretes que también dan lo mejor de sí mismos, incluyendo en la lista a Matthew McConaughey, que paradójicamente será el actor que le quizá le robe el Oscar en próximo mes de marzo por su labor en Dallas Buyers Club.

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