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Crítica: 'Open Windows', con Elijah Wood y Sasha Grey

Nacho Vigalondo dispara un thriller de raíces hitchockianas seducido por las nuevas tecnologías.

Juan Manuel González
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Como si de una paranoia psicosexual de Brian De Palma se tratase, pero adaptada a las nuevas costumbres cibernéticas, Open Windows se presenta así misma como un nuevo tour de force de su creador, el cántabro Nacho Vigalondo, consigo mismo y con las convenciones del género en cuestión. No extraña tampoco en el firmante de Los cronocrímenes y Extraterrestre, dos películas con mayor prestigio internacional que nacional (porque España es así), cuyo cine obliga en su extremismo y agotador afán conceptual a tomar posiciones al espectador, fervientemente a favor o en contra del juego que se le plantea.

La paradoja está en el material de derribo con el que Vigalondo siempre escoge trabajar. El obús cae esta vez sobre el thriller en tiempo real más sui generis (con ramificaciones found-footage), al que el cántabro aplica una delirante deconstrucción que va más allá de la evidente cabriola. Como un ensayo sobre las posibilidades (narrativas, visuales) de las nuevas tecnologías, Open Windows despliega todo su arsenal, aunque no enseñe todas sus cartas, en la pantalla de un ordenador sobre el cual se van sucediendo todas las acciones en sucesivas ventanas de trabajo (webcams, chats, grabaciones de seguridad...). Lo que vemos, en definitiva y pese a la voltereta formal,, es una trama hitchcockiana con falso culpable de por medio, un objeto de deseo puramente lúbrico, y un hacker informático tocando las narices a ambos con infalible resquemor. Todo ello, además, con un basamento de "cine dentro del cine" que acaba de redondear un panorama que, por si no lo habían adivinado, es un tanto metafísico.

Tras la filigrana visual y narrativa, que manipula el espacio y el tiempo en virtud de los algoritmos informáticos, vienen algunos peros. Vigalondo narra la aventura con ferocidad, aquí no hay una ventana indiscreta sino mil, pero los giros finales desafían la credulidad del más pintado. En algún momento hemos perdido el contacto con las emociones de los personajes, pero es que -y esto sólo fui capaz de lucubrarlo días después de la proyección- a los noventa minutos de metraje el director ya está jugando en otra liga. Desprovisto de anclajes con la suspensión de incredulidad, aunque afortunadamente conservando un notable talento para montar set-pieces de suspense en su acepción más tradicional (la larguísima sección en coche), Vigalondo nos mantiene entretenidos pese al cúmulo de inverosimilitudes, que el autor parece abrazar y hasta potenciar con suicida entusiasmo . La presencia de la exactriz porno Sasha Grey no es, en este sentido, no sólo un gancho comercial, sino el enésimo guiño que se dedica Vigalondo a modo de broche final. Al igual que en los ejercicios voyeurísticos de De Palma, y como sublimación de ese complejo de culpa vinculado al placer más pervertido, el director aporta el toque humano al conjunto con lo que parece una declaración de amor a una musa inalcanzable -esta vez del porno duro por internet- cuyo magnetismo traspasa su evidente atractivo físico. Open Windows agota, divierte y a veces hasta ofende en su autoexigencia -un tanto infantil- de rizar el rizo. Pero al cabo de un tiempo genera una extraña admiración que se resiste a marcharse.

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