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Juan Manuel González

Crítica: 'El niño', de Daniel Monzón

El niño ha triunfado en taquilla. Pero el nuevo éxito del cine español (y ya saben que no hay muchos) merece algún que otro reconocimiento más.

Juan Manuel González
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El niño ha triunfado en taquilla. Pero el nuevo éxito del cine español (y ya saben que no hay muchos) merece algún que otro reconocimiento más.
Jesús Castro protagoniza El niño

Tal y como se esperaba, El niño ha escalado a lo más alto de la taquilla española con una recaudación de casi tres millones de euros en su primer fin de semana (superada sólo por El amanecer del Planeta de los Simios), continuando la senda del éxito de la comedia Ocho apellidos vascos (también de Globomedia) en lo que, si el mantenimiento de la cinta es medianamente decente, podría ser uno de los grandes éxitos del cine español de 2014. Dirigida y coescrita por el excrítico Daniel Monzón junto a Jorge Guerricaechevarría, autores de otro éxito como Celda 211, la película viene a confirmar el buen estado de forma de cierto thriller español, que tras la citada odisea carcelaria y, sobre todo, buenos trabajos como No habrá paz para los malvados o Grupo 7, parece querer continuar con la próxima La isla mínima, nuevo trabajo de Alberto Rodríguez, director de la última de las citadas y cuya fecha de estreno está fijada para aproximadamente un mes.

A diferencia de Celda 211, cinta que empezaba muy bien para continuar, pues eso, nada bien, en esta ocasión El niño se beneficia de un buen guión y un buen trabajo de actuación de todo su reparto a lo largo de todo el relato. Monzón hace porque su puesta en escena no intervenga demasiado en la historia, y la mayor parte del tiempo con buen juicio: resulta interesante y, sobre todo, reconfortante, ver cómo una película con sus pros y sus contras se sostiene sola pese a las numerosas trampas y convencionalismos con los que trabaja el guión, pero que en buena medida Guerricaechevarría y Monzón logran esquivar, o al menos, minimizar.

Me refiero a la historia de amor entre el El Niño y Amina, a la que podríamos acusar de retrasar la acción y suavizar aristas en pos de cierto sentimentalismo, pero que finalmente otorga dignidad a sus personajes y viene a definir mejor sus caracteres y motivaciones (por no hablar de lo bien defendida que está a un nivel actoral). O la indefinida amenaza de la mafia rusa que amenaza con arrasar con todo, y que más parece una subtrama que se olvida tan pronto como se precipita la acción (una opción discutible, pero que también otorga su dosis de misterio).

Pese a ello, El Niño es una buena mezcla de cierto cine quiqui netamente español con el policiaco internacional de alto nivel que estamos acostumbrados a contemplar procedente de otras latitudes y países, y las mira frente a frente, sin dárselas de prepotente pero también sin demasiados complejos.

Y aunque estamos ante un filme que hubiera necesitado algo más de garra visual, de un realismo menos plano y aburrido de contemplar, también es cierto que apuntala bien sus bases. Monzón lleva por bandera el cine de género, pero elaborado con una razonable verosimilitud y una gran naturalidad a la hora de abordar el mundo del narcotráfico en el luminoso sur de España, sin hacer demasiados esfuerzos por imitar de otros modelos de cine negro... ni tampoco distanciarse de ellos.

Son defectos, a los que se sumaría una duración un tanto excesiva, que repercuten en el poder de seducción de los resultados y la tensión final del filme, pero no lo mancillan en exceso. El buen trabajo de todos sus actores, tanto los nuevos como los veteranos, y excelentes instantes como su largo prólogo, lo compensan. Eso, y que pese a ello, y la complicada dicción de algunos de sus intérpretes (necesaria de cara a la mencionada verosimilitud del asunto) estamos ante una película bastante bien contada: Monzón sabe cuando detenerse a observar a sus dos protagonistas por separado, mostrando interés por la construcción de personajes, pero también cuando concentrarse y picar mucho la acción para que el relato avance más deprisa.

Porque sí, hay acción, pero también de la otra: las dos o tres persecuciones que adornan el relato son necesarias y le dan ese toque de espectáculo al conjunto (me quedo con la del helicóptero, donde la música de Roque Baños adopta una percusión masiva a lo John Powell, autor de Green Zone y las partituras de la saga Bourne) que le ayudan a este Niño a puntuar más alto. Lo dicho: que así, sí.

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