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Juan Manuel González

Crítica: 'El Juez', con Robert Downey Jr.

El Juez habría sido el mayor éxito del año 1995. Pero estamos en 2014.

Juan Manuel González
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En los años 90 una película como El Juez podría haber sido una de las más firmes apuestas de Hollywood para arrasar en taquilla, lograr éxito popular y crítico y -quién sabe- hasta darse una alegría en la temporada de premios. Todo en la película producida y protagonizada por Robert Downey Jr. (ya saben: de él, para él) huele a aquellas grandes adaptaciones de John Grisham como El Informe Pelícano o El cliente, en lo referido a su parte de intriga judicial, o a lujosos melodramas familiares de buen y nutrido reparto que entonces todavía se cultivaban en el cine de estudio, y que ahora parecen existir sólo en el circuito de cine limitado indie (limitado en número de cines, muchas veces en ideas, generalmente aclamados por la masa crítica). El problema principal de El Juez es que, obviamente, ya no estamos en la década de los noventa. Pero sobre todo que su director no es ni Joel Schumacher ni tampoco James L. Brooks, dos nombres que solían cultivar uno u otro género en aquella época y podían convertir filmes manipuladores o convencionales en relatos verdaderamente admirables. En su lugar tenemos a David Dobkin, firmante de comedias gamberras como El Cambiazo o De boda en boda, que aquí cree afrontar su reválida en el cine "importante" y que dirige la película tan ilusionado como sobrepasado por su amplitud.

El Juez es, además de todo lo enumerado anteriormente, un cuento de redención personal y regreso al origen netamente americano, el que experimenta el prestigioso y rico abogado Hank Palmer (Robert Downey Jr, de nuevo interpretando a Iron Man), un cínico profesional al servicio de sí mismo se dedica a amasar dinero defendiendo estafadores. La muerte de su madre obligará a Hank a regresar a su pueblo natal en Indiana y enfrentarse a la figura autoritaria de su padre, el juez Joseph Palmer, encarnado por un Robert Duvall que, por qué no, sí podría merecer aquí su enésima nominación al Oscar como mejor secundario. Pero tras un atropello y muerte aparentemente accidental, ahí empiezan los problemas para uno y otro.

Así de entrada y para no marearles más la perdiz, El Juez es un filme que agrada e interesa pese a resultar fallido. Lo logra gracias a los valores de fondo del producto, al atractivo y prestigio que le otorga un reparto excelente y un guión tradicional en fondo y forma, que efectivamente regresa a cierta narrativa adulta dentro de los parámetros del cine comercial, y que pese a su exceso de buenas intenciones y estereotipos destaca por su buena fontanería. La propia utopía de Hank, enemistado con su malencarado padre pero obligado a defenderle en un periodo de crisis personal, funciona a un nivel sentimental y primario: la de El Juez (nótese la metáfora tras el título: enjuiciador y padre) es, simplemente, una historia con la que es fácil identificarse. La combinación de viaje íntimo y personal, melodrama familiar y thriller judicial se sostiene pese al poco refinamiento de Dobkin, que al menos tiene la inteligencia de apoyarse en un reparto de campanillas que cumple con creces. Y tanto mejor, por cierto, según entramos en la fila de secundarios: Robert Duvall arrasa con todo, pero atención a la presencia de Vera Farmiga, simplemente irresistible, o un Billy Bob Thornton que se come la película entera desde la cuneta en el par de minutos de los que dispone (atención, por cierto, a su discurso sobre la Justicia en la oficina del sheriff, el mejor escrito de todo el film).

Pero eso no quiere decir que la película triunfe en todos los frentes abiertos por su director, quien cree tener entre manos su gran oportunidad y por ello trata de demostrarlo a cada momento, ya sea acumulando subtramas (de humor, de amor, de misterio) que prolongan la duración hasta las dos horas veinte (porque esto, ya saben, no es "solo" una comedia) o subrayando el patetismo de los episodios más dramáticos (extraña, por su inesperada crudeza, la escena que comparten padre e hijo en el baño de la casa). Dobkin se muestra evidente en el enunciado, aclarando con diálogos todo lo que se desprende de la mera sucesión de acontecimientos, y subrayando todo el contenido mediante la brillante pero efectista fotografía de Janusz Kaminski, este último repitiendo los destellos blancos y luces tenues de sus trabajos con Spielberg. Todo ello delata sus intenciones de alejarse todo lo posible del telefilme de sobremesa inyectando lujo, pero no verdadera clase, a una película entretenida y funcional pero un tanto sobrecargada. El resultado es un filme voluntarioso y ambicioso, reconfortante en su apuesta por recuperar cierto drama atractivo para el gran público, pero en el fondo poco brillante.

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