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Juan Manuel González

Crítica: 'Exodus. Dioses y Reyes', de Ridley Scott

'Exodus' tarda más de una hora en averiguar qué película quiere ser. Una vez que se aclara ella misma, funciona la mar (Rojo) de bien.

Juan Manuel González
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'Exodus' tarda más de una hora en averiguar qué película quiere ser. Una vez que se aclara ella misma, funciona la mar (Rojo) de bien.
Christian Bale en Exodus

Receptor de las mayores antipatías de críticos y aficionados, Ridley Scott parece facturar películas de aventuras históricas con la misma facilidad que Woody Allen sus comedias sentimentales y dramáticas. Que ambos estrenen filme en la misma semana, por tanto, parece fruto de una extraña conjunción astral, de esas capaces de conjurar a favor o en contra opiniones viscerales en el patio de butacas. Y vamos a decirlo ya: Exodus. Dioses y Reyes, la última (súper) producción del director británico, anda un tanto lejos de ser perfecta, lo que servirá a sus enemigos para sacar de nuevo las armas, conjurar Blade Runner o Alien como obras cumbre del realizador y clamar a los cuatro vientos el largo proceso de decadencia del ídolo del esteticismo moderno cinematográfico.

Y honestamente, un poco sí, pero no es para tanto. Scott demuestra también -y lo hace con pasmosa fluidez- que no hay nadie como él para concebir filmes históricos y épicos para el público adulto, para llevar a cabo ambiciosas propuestas que en manos de cualquier imitador se convertirían en series B completamente derivativas. Exodus, en 3D, es un híbrido que asume su naturaleza bíblica a través del tamiz de Gladiator, y lo hace sin ningún tipo de disculpa y -sobre todo- conservando el suficiente peso específico como para aportar nuevo punto de vista a una historia ya conocida.

El resultado es tan enérgico como, también, totalmente mecánico. Por un lado, Scott fracasa al presentar la rivalidad fraternal de Moisés y Ramsés, hasta el punto de que el espectador curtido en su cine se pregunta si ha ocurrido lo mismo que en El Reino de los Cielos, es decir, cuántas escenas se han podido quedar en la sala de montaje para no prolongar la duración del filme y limitar el número de pases (y por tanto la recaudación final en taquilla). O -atención- si esa es la película que realmente quería hacer el director de otras joyas infravaloradas como Black Rain...

El británico aborda el itinerario íntimo y físico de Moisés como si un remedo de Gladiator se tratase, pero sin ningún énfasis en la personalidad de sus protagonistas, apuntando apenas sus motivaciones e inquietudes, y sirviéndose de la habitual interpretación de Christian Bale, entre prepotente y carismática. Eso, y la anecdótica presencia de Sigourney Weaver, y la presurosa sucesión de secuencias, dan las claves un filme brillante pero superficial casi lor vocación, en el que el Faraón Ramsés de Joel Edgerton (cuya caracterización oscila entre la caricatura y la tragedia, pero sin las apropiadas motivaciones) sale fatalmente perjudicado, y que en general da la impresión de que reservarse sus mejores armas para más tarde.

Y en efecto, eso es precisamente lo que ocurre. Exodus recompensa al espectador durante su última hora, que tiene lugar desde el preciso instante en que el mismísimo Dios entra en escena (¡!) y la psicología de sus personajes salta literalmente por la ventana. La película se transforma entonces en una sucesión de ofensivas y contraofensivas bélicas entre ambos bandos que Scott filma con ritmo implacable, apuntando paralelismos políticos con la actualidad sin que éstos tomen el relevo de la leyenda, y en el que la pura acción lleva las riendas sin que nada, absolutamente nada, la interrumpa.

Desprovisto de la necesidad de definir psicologías, entregado por fin al enorme pictoricismo de sus imágenes y a la incuestionable crueldad de su materia prima, Exodus comienza a funcionar. Y además, francamente bien. El "crescendo" hasta el gran final, la división de las aguas del Mar Rojo -concebida como una gran batalla aunque sin verdadero enfrentamiento- no es precisamente "peccata minuta" y todas sus secuencias emocionan de manera directa, visceral, entregando por fin la gran película épica que hasta ese momento Scott sólo parecía estar simulando. Aquí lo que importa no es la rivalidad entre dos hombres casi hermanos, sino la irrupción en el tejido de la realidad de un Dios brutal y vengativo.

Que el resultado quede aparentemente lejos del cine clásico es otro cantar: plenamente integrado en las nuevas formas de narración, Scott parece ser consciente de que incluso la solemnidad una historia bíblica con vocación historicista, incluyendo una que narra el éxodo judío, es ya una simulación desprovista casi de intención (que no contenido) político o social, que es tan sólo imagen. Y en este panorama, éstas deben hablar por sí mismas, sin necesidad de que las palabras aclaren nada. Una vez Exodus se libera de ellas, alcanzamos una determinada cota de abstracción y llega el verdadero cine. Ahí quería llegar Scott, y ahí es donde acaba todo, aunque la película tarde una hora larga en averiguarlo.

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