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Juan Manuel González

Crítica: 'Chappie', de Neill Blomkamp

Chappie es un filme valiente e inclasificable dentro del panorama de Hollywood. Pero también uno altamente insatisfactorio.

Juan Manuel González
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Chappie, el tercer filme del sudafricano Neill Blomkamp tras la revelación de su debut District 9, es una nueva incursión del joven director en la ciencia ficción con ambiciones, una en la que (se ha dicho mil veces) se retoman ciertos recursos argumentales procedentes de ese género, y en particular de ciertos filmes tan populares como Cortocircuito o Robocop, para plantear un curioso drama de acción más extravagante (al menos dentro del panorama del blockbuster en el que aparentemente se inscribe) que realmente satisfactorio.

Chappie comienza con el robot protagonista, una unidad de asalto al servicio de la ley en la violenta ciudad de Johannesburgo, siendo casi destruido durante el transcurso de una misión. Naturalmente, tras una serie de circunstancias entre accidentales e inevitables, la criatura "resucita" a la vida como otro ser distinto, una página en blanco con conciencia de sí mismo, una notable sed de conocimientos y -aunque quién sabe si esta palabra es la adecuada- incluso sentimientos. A partir de ahí, y su adopción por un grupo de "gangsters" callejeros de baja estofa que acabarán convirtiéndose en un improvisado núcleo familiar para Chappie, se desenreda una trama ambiciosa en el que el aprendizaje del robot y las conspiraciones empresariales y criminales de su entorno confluirán de manera explosiva. La cinta, que navega a varias bandas entre la comedia, el thriller de acción e incluso el drama familiar, adorna todo con las notas de reflexión social habituales en la todavía breve filmografía de Blomkamp, camino de convertirse en el rey de la sci-fi terrosa ambientada en infraviviendas y descampados como la presente.

Antes citamos a modo de referencias a Cortocircuito y Robocop, dos filmes con los que Chappie guarda cierta relación en algunos de sus motivos y motivaciones, pero que el firmante de Elysium no tarda en ignorar para, de manera totalmente lícita, llevarse su película lejos del territorio de la comedia o el género policial. En efecto, Chappie nos plantea en su lugar una trama que trata de combinar, con cierta ironía pulp, una serie de proposiciones morales, éticas y hasta espirituales (Chappie no es su ser humano, tampoco un mero robot: es "otro" ser) que en sí mismas resultan en todo momento interesantes y hasta estimulantes, que desde luego manifiestan un interés del autor por tomarse su propuesta verdaderamente en serio. Lamentablemente, y pese a la densidad temática que trata de otorgar Blomkamp al material, el desequilibrado guión coescrito por el propio director no repercute en un filme satisfactorio.

Blomkamp parece empezar la casa por el tejado, arrojando muchas preguntas, algunas respuestas y sí, giros inesperados en su último acto, pero sin que la propia narrativa cohesione. El joven Chappie aparece en el centro de una serie de intereses y fuerzas externas que repercuten en una trama imprevisible, pero por ilógica, farragosa. Tampoco existen personajes excesivamente definidos a los que agarrarse, y de hecho resulta difícil implicarse emocionalmente con el trayecto emocional de la criatura, emborronada por tantas cuestiones morales y motivos que el relato se ahoga en ellas. Demasiadas subtramas y personajes sin carisma, en algunos casos interpretados por estrellas que andan sobrados de él pero que pululan por la cinta con cierto despiste (el de Hugh Jackman interpretando a un chupatintas podría ser uno de los casting más extraños del cine reciente). Todo ello acaba frenando el impacto de un relato que parece cambiar de argumento de una secuencia a otra, y que en sus últimos compases se arroja de manera un tanto suicida a territorios que muchos han afeado al mismísimo Spielberg en sus incursiones en el género. Chappie, al final, nos pide una implicación emocional y hasta un salto de fe que nos resulta difícil en esas circunstancias.

El problema de Chappie podría ser, precisamente, ese exceso de pretensiones y proposiciones. Blomkamp filma de manera solvente, y además quiere apelar a nuestros sentimientos. No hay nada criticable en esa meta, al contrario, pero el director no logra imprimir dinamismo a la historia, algo que sí tenían pese a sus desequilibrios la sorprendente District 9 e incluso la espectacular aunque mediocre Elysium. A medio camino entre ambas, Chappie es un filme que provoca simpatía por su difícil clasificación genérica, un reflejo de su valentía a la hora de conciliar imágenes de revueltas sociales derivadas de la crisis con precupaciones existenciales, así como por su arrojada apuesta por insertar lo sintético en la realidad de la misma manera que en sus fotogramas se mezclan la imagen real y la digital de manera casi indetectable. Probablemente acabe siendo considerada una rareza amable en un puñado de años, pero en ningún caso es el gran filme que pretende o habría podido ser.

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