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Crítica: 'Obsesión', con Jennifer Lopez

El nuevo perfume cinematográfico de J-Lo huele francamente mal.

Juan Manuel González
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¿Se acuerdan de thrillers como Falsa Seducción, De repente... un extraño, incluso Mujer blanca soltera busca? A todas ellas, pero sobre todo a Atracción Fatal, remite de alguna manera la presente Obsesión, apático título español del original The boy next door (tampoco un dechado de originalidad), una película que parece retomar los postulados de ese thriller doméstico de psicópatas que tan bien resultó a principios de los noventa... sólo que ahora reconvertido en una de las producciones de pequeño presupuesto de la pujante productora Blumhouse. Las cosas podrían haber ocurrido de la siguiente manera, con el responsable de hits del género de terror tan válidos como Insidious o Sinister, Jason Blum, preguntándose en qué invertir parte de las abultadas ganancias de éstas, ganarse a ese público femenino que quizá se le escapaba y, en definitiva, realizar una nueva oferta de género ahora que su reputación ha alcanzado su punto más alto tras el prestigio de la premiada, y excelente, Whiplash (cinta igualmente presupuestada en poco más de 3 millones de dólares).

Ningún problema con esto último, que incluso genera una moderada simpatía por el producto, aunque más por la modestia del concepto que por los resultados. Porque Obsesión, cinta que narra el acoso a una mujer madura por parte de su vecino macizo, es justo lo que parece, un thriller común y corriente que no hace ningún esfuerzo en adelantarse a las expectativas y que, de no estar dedicado al lucimiento de su estrella principal, podría haber sido perfectamente una TV movie para esa sobremesa de resaca dominguera que, no sé ustedes, pero a lo mejor un servidor ansía. Claro que nada de eso parece importar a su director, un alicaído Rob Cohen (The Fast and the Furious), y ni siquiera a la propia Jennifer Lopez, quien parece contentarse con esta nueva oportunidad para demostrar lo fenomenal que está a sus 45 años, hacer su desfile de posturas en el sofá con una copa de vino y pasear su privilegiado palmito en pijama, ropa de oficina o vestidos de noche, sin que podamos ver nada inconveniente pero, eso sí, callando (o abriendo) bocas por el camino.

Obsesión mezcla un poquito de thriller psicológico con otro poco de erótico, pero sobre todo destaca por una moralidad tradicional en modo "sin agallas" que aquí extirpa no ya el suspense, sino la diversión. Cohen no parece disfrutar demasiado con cierto subtexto (un efebo demente que castiga a un matrimonio de mediana edad bien establecido) que podía haber salvado el producto por la vía loca, y se limita a puntear los lugares comunes del guión, que son todos. Y sin más ironía que la de ese contexto, sólo queda lo que vemos, una película basada exclusivamente en la expiación de una mujer que, aún en pleno proceso de divorcio, ha "osado" engañar a su marido con alguien más joven; que sataniza el sexo incluso en la única escena de cama que tiene (tranquilos, no se ve nada, parece prometer Cohen), y en la que, para más inri, la sangre casi nunca llega al río (salvo en un solo instante del desenlace, maravilloso, en el que quizá quieran cerrar los ojos...) antes de que la adúltera vuelva al redil. La corrección formal que un desganado realizador imprime a Obsesión no disimula la verdad: que estamos ante una película simpática si así decidimos tomárnosla, voluntariamente menor, pero también injustamente desaprovechada. Y que no huele al último perfume de su estrella, sino más bien a naftalina.

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